martes, 16 de agosto de 2016

LAS LECCIONES DE LA VIDA












Un vecino quiere cambiar las ventanas de madera de su vivienda por otras de aluminio. Después de visitar y hablar con varios carpinteros, queda con el que le presentó la oferta más ventajosa para medir las ventanas de su casa. El metalistero le presenta un presupuesto escrito y le dice: “Son 1.700 euros y con el IVA sale a 1.900. Pero usted solamente me tiene que abonar 1.700”. El vecino se queda sorprendido y le responde: “Con este presupuesto yo estaría obligado a pagarle 1.900 euros. Yo quiero que me haga un recibo con el total de lo que tengo que pagarle, pero sin que figure el IVA”. Entonces se pusieron ambos a discutir: que si usted no se fía de mí…, yo tampoco me fío de usted… Al final, acuerdan que el carpintero le entrega un presupuesto sin IVA, por  1.700 euros. Unos días más tarde quedan en la carpintería, para la entrega de 700 euros a cuenta, a cambio de un recibo. El vecino se presenta a la hora convenida con el dinero, pero la metalistería está cerrada. Entonces llama al móvil del carpintero y tampoco responde, de manera que no le queda otra solución que marcharse.

Una hora más tarde llama el carpintero diciendo que estaba trabajando en un pueblo y, sin dar más explicaciones ni excusas, le propone una cita para que le pague al día siguiente. El vecino ya no pudo aguantar: “¿Le ha costado mucho trabajo llamarme para decirme que no iba a estar en la carpintería y me habría ahorrado el viaje al pueblo? Ayer saqué 700 euros del banco y desde entonces los llevo encima, hasta el teléfono móvil lo tenía desconectado… Esto es tener poca seriedad, de manera que las ventanas ya no me interesan”. Y diciendo esto le colgó el teléfono, bastante enojado. El otro le envió dos mensajes diciendo que había hecho un trabajo pasándose por su casa y casi amenazándole. Pero ahí se quedó la cosa. El vecino se hacía cruces pensando: “Si esto me lo hace cuando he ido a pagarle un anticipo, ¿qué no me hubiera hecho después?”. En los pequeños detalles, hasta en los más simples, dan la talla las personas.

Un amigo me contó este caso insólito que le pasó, hace unos meses. Había terminado su jornada de trabajo y le faltaba poco para llegar a casa en su vehículo. Como siempre, dejó la calle principal y torció para meterse en la calle donde vive, pero se encontró de pronto con una mujer que iba andando por mitad de la calzada, en vez de por la acera. El conductor tuvo que frenar el turismo para no atropellarla y la mujer, en vez de apartarse y balbucear una excusa, se planta en la calle y se le encara diciendo “¿Qué pasa?”. Mi amigo le reprochó su actitud y le dijo, “Pero, ¿qué hace? ¿Quiere apartarse de la calle?”. Sin embargo, la susodicha no se movió de la calzada mientras hacía gestos desafiantes al conductor y, lo que es peor, trataba de llamar la atención de los viandantes que pasaban por allí, con tal de echárselos encima, haciendo ver que aquel tipo se estaba metiendo con una mujer indefensa. El conductor tuvo que salir pitando de allí con el coche, porque barruntaba que iba a tener problemas. Cuando se da con una persona así, con ganas de jaleo, no te puedes poner a su altura. Meses después, un joven se le cruzó en la calle por lo que tuvo que frenar para no atropellarlo. Le llamó la atención y el chaval le respondió: "Subnormal, tú tienes un cruce de calles y tienes que pararte". Allí no había ni ceda el paso ni para los peatones...










No hace mucho, llevé el vehículo al mecánico pues tenía poca potencia. Tras oír el sonido del motor, me dice que le fallan los inyectores. Al día siguiente, me confirma por teléfono que los cuatro inyectores y la bomba del agua (estaba rota) cuestan 840 euros. “Pero si hace un año que le reparaste dos inyectores”, le digo. Me cobró doscientos euros, diciéndome que tenía que desmontar la mitad del motor, cuando los inyectores se encuentran debajo del filtro de aire. “De eso hará más de un año”, me responde el mecánico, un tanto sorprendido, pues no se esperaba mi respuesta. Hacía exactamente un año que los reparó, según la factura. “¿Cuántos inyectores están mal en el ordenador?”, le pregunto. “Dos”, me responde. “Pues, arregla esos dos y la bomba del agua”. Al final me cobró 555 euros, pero al principio intentó cobrarme los cuatro inyectores, y eso que le he estado llevando el vehículo unos seis años.

El mecánico llevó los dos inyectores a que los limpiaran a un taller y, cuando recogí el vehículo, me dijo: “Hace unos años, estos mecánicos iban malviviendo como podían. Hoy no dan abasto y es por el gasoil de bajo coste, que estropea los inyectores… Lo mejor es que llenes dos depósitos de gasoil barato y un depósito del bueno para que los vaya limpiando”. Este fue el consejo que me dio el mecánico, y es que, como solían decir con frecuencia nuestros padres, “nadie da duros a cuatro pesetas”. A la conclusión que llegué con el mecánico es que, cada vez que le llevaba el vehículo, debía de tener preparada la cartera. Pero, cuando uno tiene un negocio, debe de procurar transmitirle confianza al cliente, porque si no al final lo pierdes. Me ha pasado con varias personas, después de llevar años siendo cliente y a veces de estarles agradecidos, te la intentan pegar o ves poca seriedad. La solución es no ir más, pues prefieren el dinero y engañar al cliente.


Publicado en el semanario Wadi-as, julio de 2016

martes, 2 de agosto de 2016

LAS EXPOSICIONES DEL ALCALDE





Vista parcial de Castilléjar






En 1998, el entonces alcalde Jesús Raya me dijo que iba a montar una exposición en Castilléjar, dedicada a mi padre (falleció en 1977), pues había sido el fotógrafo del pueblo durante más de treinta años. Le entregué 58 fotos de la colección que tengo, para que sacara copias, y montó la exposición en la Feria de Agosto de ese año. Sin embargo, el alcalde ni me avisó ni me invitó para la inauguración. Me enteré de casualidad por un paisano, de manera que llamé por teléfono a Jesús Raya y le dije: “No me has avisado para la inauguración y ¿tampoco has podido poner un cartel diciendo que las fotos han sido cedidas por mí?”. Al año siguiente, volvió a montar una exposición, pero esta vez colectiva: con las fotos de mi padre y también de particulares, aunque la mayoría eran de mi padre. Y volvió a hacer lo mismo: ni me avisó ni me invitó y, peor aún, ahora el nombre de mi padre no figuraba por ningún lado. ¿Para qué? De manera que ambas exposiciones las organizó e inauguró el alcalde Jesús Raya, ignorándome completamente, así como los derechos de autor y hasta el nombre del fotógrafo que las hizo. De esta forma tan 'generosa' suele actuar este edil, abusando de la buena fe de la gente.

Por si esto no fuera suficiente, volvió a montar el chiringuito utilizando de nuevo las fotos de mi padre. Éste es el mensaje de una trabajadora del Ayuntamiento de Castilléjar, que recibí el 23 de enero de 2015: “Este viernes (día 29) se organizará una exposición fotográfica con material de tu padre, con motivo de la feria chica. Será el viernes a partir de las seis. Lo organizan…,  una prima de Jesús Raya. Si puedes venir, sería grato contar contigo. Un saludo”. Mi respuesta a este mensaje fue: “Esto es como si asaltaran tu casa y encima te invitaran a entrar”.

El día 27 de enero, envié un burofax a la Alcaldía, con este texto:
“Alcalde de  Castilléjar, Ayuntamiento, calle del Agua, 6.  El Ayuntamiento de Castilléjar y dos particulares van a montar una exposición en el Cine-Teatro, utilizando material fotográfico de mi padre, Leandro García, y lo tiene anunciado para el 29 de enero. No tienen mi autorización para ello y estarían vulnerando los derechos de autor”. Al final acordamos que en la exposición se pondría un cartel donde se informaba que las fotos habían sido realizadas por mi padre y cedidas por dos particulares.

Ahora, en la Feria de Agosto de Castilléjar, Jesús Raya de nuevo vuelve por sus fueros, con su afición a la colección de fotografías que hizo mi padre y, sobre todo, por las generosas invitaciones que suele prodigar a los convidados de piedra. Este es el mensaje que he recibido el 1 de agosto, de una empleada del Ayuntamiento: “La exposición va genial. Son 100 fotos donadas por vecinos del pueblo. El autor no sé si será bien tu padre. Te invito a la inauguración, el primer día de fotos”. La exposición será del 4 al 9 de agosto, pero ahora no se sabe si las fotos son de mi padre:

Y este es el texto que se anuncia, no en la ventana de Facebook del Ayuntamiento (como sería lógico) sino a través de una empleada del Ayuntamiento:

“El jueves, 4 de agosto, a las 21:00 h, en la sala de exposiciones del Ayuntamiento, tendrá lugar la inauguración de la exposición fotográfica Castilléjar en el tiempo, una mirada al pasado". Además, se leerán breves escritos dedicados a nuestro pueblo, por parte de poetisas locales. Os animamos a asistir y a entregar fotografías para escanearlas y exponerlas en próximas exposiciones y crear un banco de imágenes para el Ayuntamiento. Entregad las imágenes a...”.


Ahora, el alcalde Jesús Raya va mucho más lejos: quiere crear nada menos que un "banco de imágenes" para el Ayuntamiento, pues siempre le sacó un buen rendimiento a la política. Me gustaría recordarle que el único fotógrafo que hubo en Castilléjar, durante treinta años, fue mi padre Leandro García y que las obras tienen un autor y unos derechos, sean pinturas, cerámica o fotografías.

domingo, 24 de julio de 2016

EL ENTIERRO DE LOS CAÍDOS




Entierro de los caídos, Galera, 1939. J. A. Avilés








Todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo río. Manuel Azaña


El pasado 18 de julio se cumplieron ochenta años del comienzo de la Guerra Civil española y todavía hay quien se dedica a remover el odio y aventar los espantajos del pasado. Hasta que no pase un siglo y sólo queden los nietos y bisnietos de los contendientes de la Guerra Civil, entonces los españoles olvidarán definitivamente el odio y el rencor, porque muchos de nosotros somos los hijos de quienes se enfrentaron. Mi padre estuvo en el frente de Castellón, con el Ejército republicano, poco tiempo porque tenía 18-19 años, pero cuando yo era pequeño me contaba los bombardeos que presenció, de manera que años después leí libros sobre la Guerra del 36 y a veces tenía la impresión de haberla vivido.

Esta foto del Entierro de los caídos, Galera (Granada), 1939, de Juan Antonio Avilés, ya forma parte de nuestra historia y la podíamos resumir así: en aquel crudo invierno de 1939, todo el pueblo de Galera salió a recibir a los caídos por Dios y por la Patria, la clásica leyenda que venía grabada, en letras negras sobre el mármol blanco, en las cruces de los caídos que se levantaron en los pueblos de España, en memoria de los fallecidos del bando franquista a manos de los rojos. Durante varios días una caravana fúnebre, con numerosos ataúdes que llevaban los restos de las víctimas –muchos de ellos envueltos en banderas de la Falange–, hizo el recorrido a pie desde las tierras de  Almería, donde solían fusilar a los prisioneros que habían sido capturados. La comitiva fúnebre llegó a Huéscar, donde le rindieron honores en la Plaza Mayor, mientras que unos pocos ataúdes se desviaron hacia Galera. La instantánea del Entierro de los caídos fue hecha en la calle de San Marcos y da la impresión de que las casas siguen igual que en 1939, salvo que hoy están mejor conservadas –el eterno encanto de los pueblos–, pero ya no existen las cancelas que se ven a mano izquierda. Eran del Hospital (el consultorio), que hasta no hace mucho lo llamaban así en Galera. Jesús Fernández, historiador y exalcalde de Galera, que falleció hace unos diez años, me contaba que, cuando finalizó la guerra, mi bisabuela Mercedes vino desde el Cortijo del Cura al comercio de su padre Marcelo, para cambiar los billetes y monedas que tenía de la República por los nuevos del Gobierno de Franco. Jesús también me comentó que, en los tiempos de la República, había una copla que decía: Galera ya no es Galera, es una gran capital, tiene un Puente de Hierro y una máquina de ablentar. Era una enorme máquina que compraron entre varios propietarios en Navarra.

Encabezando el entierro destacan un falangista, abrazado a la bandera, y el monaguillo con la cruz de guía. Al lado están otros falangistas, con sus camisas azules (entre ellos se llamaban camisas viejas o camisas nuevas, dependiendo de la antigüedad en el partido de Falange) y boinas rojas; los guardias civiles, con sus trajes de gala y los mosquetones al hombro, y detrás aparecen el párroco con el monaguillo y el sacristán. Finalmente, una muchedumbre acompaña a los féretros, cubiertos con la bandera rojigualda, que entonces la llamaban así, mientras que una riada de galerinos asoma por la empinada calle de la derecha. ¡Ay de aquél que no acudiera a recibir a los caídos y no alzara la mano derecha al frente, porque sería tenido por rojo! Éste era el saludo fascista (de fascio), que puso de moda el dictador Mussolini, en Italia, y que venía de cuando el Imperio Romano dominaba en el Mediterráneo.


En la parte inferior de la imagen destaca un grupo de niñas, con el brazo en alto y las miradas entre curiosas y huidizas, aunque una zagala se ha atrevido a salir de la formación y mira a la cámara de cajón, de Juan Antonio Avilés, que está con su trípode un par de metros más arriba para inmortalizar aquel solemne e histórico acto. La niña morena es la única que rompe la monotonía: sonríe mientras levanta el brazo con desparpajo, como si aquella ceremonia fúnebre fuera un juego para ella. Si se observa la foto, no se ven nada más que caras serias y rígidas, incluso en los rostros de los niños se percibe el miedo de aquellos días trágicos, donde no había nada más que controles, delaciones, registros, informes, detenciones masivas, requisas, propaganda, falsas noticias, venganzas, el trasiego de camionetas con presos, campos de concentración y rumores de fusilamientos. A toda esta represión había que añadir el pan negro, el hambre, la miseria, el estraperlo, las cartillas de racionamiento… ¡Qué otra cara podían tener los galerinos esa mañana!


La caravana fúnebre se dirige a Huéscar. J.A. Avilés






Gran parte de la población vivía entonces atemorizada, pendiente del parte de Radio Nacional de España o de que por la noche llamaran a la puerta, o quizá esperando noticias del hijo que combatió en el frente y no aparece en los listados de los fallecidos, pues la guerra había terminado el 1 de abril. Eran días de terror, de exilio y de muerte. El ejército vencedor de Franco, Queipo de Llano y otros generales necesitaban demostrar todo su poderío y toda su crueldad con los desgraciados que habían perdido la guerra. Otro detalle que llama la atención es que todos los galerinos miran de frente y, salvo las autoridades, saludan con el brazo en alto, lo que indica que al lado del fotógrafo estaba la máxima autoridad, aunque no aparece en la imagen: sería algún jerifalte de Falange, que vino de Granada para presidir el recibimiento a los caídos de Huéscar y de Galera, y allí mismo echaría una larga y sonora arenga: ¡Camaradas y vecinos, hoy es un día glorioso e histórico para el pueblo de Galera…! ¡Viva España, viva Franco! Y terminaría la ceremonia cantando el Cara al sol. Hará unos diez años que le enseñé esta foto a un galerino y me dijo los nombres de algunos que aparecen. Lo que no cabe duda es que el Entierro de los caídos es una de las imágenes de la posguerra que sobrecogen, porque todo el pueblo de Galera se echó a la calle para recibir a los caídos, pues el régimen promovía estos actos multitudinarios para fortalecer la unidad y la cohesión.

La familia me contaba que venían los rojos al cortijo de San José y le ponían una pistola, apuntándole a la cabeza, a mi bisabuelo, Leandro García-Fresneda, mientras les gritaban: O nos dais ahora mismo una cabra, o lo matamos. O bien hacían subir al anciano, a la cámara (la troje), cargado con un costal de trigo para divertirse. Los milicianos llegaban a caballo, con escopetones y pañuelos rojos anudados al cuello, y requisaban alimentos o detenían a algún vecino. En diciembre de 1937 murió mi bisabuelo, a los 75 años, a consecuencia de parálisis, según el certificado de defunción (se le paró el corazón). Al día siguiente, que era domingo, llevaron al difunto en un ataúd a Galera, montado en un carro tirado por mulas. Sin embargo, los milicianos no dejaron entrar en el cementerio a los familiares y amigos, que tuvieron que quedarse en el pueblo. Mi bisabuelo (sin filiación política) fue enterrado en una fosa común, al lado del único pino que hay en el camposanto. Más tarde, llenaron la fosa con varias víctimas de la guerra y allí siguen enterrados, sin una triste cruz o una lápida que recuerde sus nombres. En el dintel de la puerta de la iglesia, de Nuestra Señora de la Anunciación, de Galera, hay una placa de mármol donde figuran los nombres de los galerinos caídos, en el bando franquista. El pilar de tres caños, que hay en el Camino de Castilléjar (data de 1928), tiene grabados un dibujo con el yugo y las flechas, y esta inscripción: Caídos por Dios y por España. ¡¡Presentes!!


Cuentan que el 18 de julio de 1936 había en el cielo un intenso resplandor –como si anunciara una tragedia– y, después de casi tres años de Guerra Civil, el régimen de Franco estuvo cerca de cuatro décadas en el poder. La reconciliación entre los españoles llegó con la Transición, aunque algunos se empeñan en negarla mientras avivan viejas heridas. Sin embargo, hay que recordarles que todos los muertos de la guerra fueron españoles y España no se merecía que unos ambiciosos y sedientos de poder los llevaran al matadero. A mi padre, que era fotógrafo, le hubiera encantado ver esta imagen de Avilés que, con manchas de tinta y descolorida por el tiempo y el olvido, refleja como pocas el sufrimiento de nuestro pasado reciente en el Altiplano granadino o en cualquier pueblo de España: toda la angustia, toda la represión y toda la miseria que les tocó vivir a nuestros padres y abuelos. Por eso, no debemos olvidar nuestra historia para no cometer los mismos errores que ellos y, antes de hurgar en las heridas del pasado, algunos políticos deberían decir con humildad aquellas palabras que pronunció el presidente de la República, Manuel Azaña, en un mitin de Barcelona, en 1938: Paz, piedad y perdón. Éste es el camino.


La antigua Cruz de los Caídos, de Galera

Una de mis primeras fotos, en Galera, fue precisamente en la Cruz de los Caídos. Estoy en las escaleras (que entonces eran de mármol blanco) en medio de mis padres, que me sostienen, y de mi hermana. Al lado están una amiga de mis padres, con un niño, y otra mujer que posiblemente sea la aya. Yo no tenía un año y todavía no andaba. La Cruz de los Caídos sigue allí –sin las escaleras de mármol, mientras que las letras negras fueron borradas–, pero sobre un montículo de piedras y cemento. Hace unos cuantos años volví a hacerme una foto aquí con mis tíos, que ya fallecieron, recordando aquellos días de mi infancia. 

 Dedicado a Galera, el pueblo donde nací.



martes, 21 de junio de 2016

RECUERDOS DEL IES PEDRO A. DE ALARCÓN










En 1968 los seminaristas de Guadix asistimos a las clases del Instituto Pedro Antonio de Alarcón, dos años después de su inauguración. Supongo que la ley de Educación, de entonces, obligaba a los alumnos de los seminarios a asistir a las clases de los institutos, o bien porque esta opción era la más económica. Lo cierto es que, en esos años del Desarrollo, sólo existía en la provincia de Granada el Instituto Nacional de Enseñanza Media Padre. Suárez, y todo lo demás eran Secciones Delegadas del mismo. Por las mañanas salíamos del Seminario, que se encontraba en la Puerta Alta, cruzábamos la calle de San Miguel y pasábamos por la iglesia de la Magdalena –la antigua mezquita de los Renegados, en referencia a los moriscos conversos–, en dirección al instituto nuevo. No recuerdo los nombres de los profesores ni siquiera sus caras, aunque conservo la imagen de un catedrático que tenía gafas y era de pequeña estatura. Recuerdo algún que otro apellido de los nuevos compañeros de curso, quizá porque sólo cursé en el instituto el cuarto de bachiller y la reválida. De ese año, que fue decisivo para mí, apenas tengo recuerdos y los tengo cogido con alfileres. Entonces yo tenía quince años y era un alumno del montón, que iba sacando mis aprobados –en tercero saqué una matrícula de honor en religión– y algún que otro notable, pero con la dificultad añadida de que no sabía memorizar con mis palabras, de manera que me aprendía las frases enteras tal y como venían en los libros. En ese tiempo nadie te enseñaba a estudiar.

En el Seminario solamente salíamos de paseo los sábados, por la tarde, íbamos y volvíamos a Purullena, por la carretera antigua, o jugábamos un partido de fútbol en la rambla donde hoy se encuentra el puente de la A-92, poco antes del cruce para Murcia o Almería, o bien pasábamos la tarde donde hoy está el Parque Periurbano, cerca de la Urbanización Cristo de los Favores. Sin embargo, salir todas las mañanas para ir a clase, al instituto, fue una gran novedad para todos nosotros, acostumbrados a aquel ambiente protector y cerrado del Seminario. Esto me llevó a decirle, a dos compañeros de curso, que eran de Guadix: “Yo no sé cómo podéis vivir vosotros”, y es que me costaba trabajo comprender la vida fuera del Seminario. Fue en el instituto donde conocí la existencia de los hermanos fossores, posiblemente por la cercanía del cementerio y porque los curas nos llevaron de visita. Una tarde, aquellos frailes nos enseñaron las celdas austeras y sombrías, con una mesa, una silla y aquellos camastros, donde una tabla hacía las veces de colchón. “Nos levantamos para rezar, a las cuatro de la madrugada”, nos dijo un fossor. Entonces enterraban a los difuntos en la tierra, por lo que tenían que utilizar el pico y la pala. Más pobreza no se podía pedir. Lo cierto es que aquellos hombres me impresionaron, pues vivían apartados del mundo y encerrados entre las tapias del cementerio, al lado de los difuntos.










Al final del curso 1968/1969 saqué cinco notables, un aprobado y dos suspensos: las matemáticas y la física y química. Las ciencias no se habían hecho para mí y siempre se me atragantaban. En los primeros días de septiembre tuvimos los exámenes de recuperación, recuerdo que paré en una pensión del barrio de la Magdalena, junto a otros compañeros, uno se llamaba César, un chico alegre e inocente que procedía de Baza. La patrona nos dejó un enorme reloj de campana para que nos despertara, de esos que suena mucho el tic tac, el caso es que apenas dormí y me levanté como un zombi. Antes de un examen repasé los polders        –esas barreras que los holandeses construyeron en las playas para ganarle terreno al mar– y resultó que cayó esa pregunta. El caso es que aprobé las dos asignaturas pendientes, así como la Reválida de Cuarto, (en el Libro de Calificación Escolar viene como examen de grado elemental), con una nota media de un cinco. La Reválida era un examen de los cuatro cursos del antiguo Bachiller Elemental, pero el pedagogo o profesor que le dio el nombre se quedaría descansando con el invento, porque de elemental no tenía nada sino todo lo contrario.

En varias ocasiones coincidí con una chica rubia y menuda, en el camino de ida al instituto, aunque apenas si cruzamos algunas frases. La chavala no era gran cosa, pero me quedé prendado de ella por su naturalidad. Ahora que lo pienso, aquel fue mi primer y efímero amor platónico. Entonces, yo hablaba con frecuencia con el padre espiritual, el jesuita Manuel Cantero –con el que he conservado la amistad durante todos estos años, a través de cartas y encuentros–,  pero, cómo me vería ese año que al final del curso me aconsejó que abandonara el Seminario. Yo me quedé bastante sorprendido, pues no me lo esperaba y, lo que es peor, no tenía ningún plan fuera de aquel ambiente protector del Seminario, que duraba ya cinco años. No recuerdo sus palabras, pero posiblemente me diría que dejara el Seminario durante un año y que reflexionara lo que me convenía... La salida suponía irme a otro colegio, precisamente cuando mi padre se quejaba del dinero que le costaba mi permanencia en el Seminario, que entonces era el más económico.

Aquella salida al instituto, el contacto con los compañeros de curso y con la calle, y sobre todo aquel sistema de enseñanza laico nos debió de impactar a muchos seminaristas, sin embargo, yo creía que seguía siendo el mismo adolescente pero las cosas ya no iban a ser igual. En todos estos años, no le he preguntado al padre Manuel Cantero por las razones que vio para aconsejarme que dejara el Seminario. Posiblemente por olvido o porque aquello ya no tenía importancia, pero entonces yo me sentí como el ave que está en una jaula y un día le dicen que tiene que echar a volar y enfrentarse a la vida. El Instituto Pedro A. de Alarcón fue entonces como esa ventana por la que nos asomamos a un mundo diferente al que conocíamos y aquello debió ser un acontecimiento en nuestras vidas. Hace poco más de un mes me pasé por el Instituto, casi medio siglo después. Las aulas se veían desde la entrada, recorrí aquellos pasillos olvidados y me asomé al campo de fútbol, donde tomé unas fotos. Pero lo que en mi adolescencia se me antojó un instituto demasiado grande, ahora, al cabo de medio siglo, lo veía demasiado pequeño.










La Sección Delegada Mixta de Guadix, del Instituto Nacional de Enseñanza Media ‘P. Suárez’ –así viene en mi Libro de Calificación Escolar y el sello con el águila del régimen de Franco–, fue inaugurada en 1966. Empezó con 112 alumnos, en turnos de mañana y tarde. Hoy, medio siglo después, cerca de 400 alumnos asisten a sus clases de Enseñanza Secundaria Obligatoria, Bachillerato y Formación Profesional, mientras que otros 194 alumnos están matriculados en el nocturno. El escritor Pedro A. de Alarcón no llegó a ver la llegada del tren a Guadix, porque falleció unos años antes, en 1891. Le gustaba mucho viajar en las diligencias de entonces y dejó constancia en varias novelas, como el viaje que hizo en la diligencia de Granada a Motril, pasando  por los pueblos donde se libraron batallas contra los moriscos sublevados, y que recogió en su histórica e inolvidable novela ‘La Alpujarra’ (1873). Por eso, lo menos que podía hacer la ciudad de Guadix en los años sesenta, con Pedro A. de Alarcón, su ilustre hijo pródigo, era que el primer instituto de la comarca llevara su nombre. 


Publicado en Wadi-as, en mayo de 2016

domingo, 12 de junio de 2016

"EL ÁNGEL DE BUDAPEST"












Hungría era un país aliado de Alemania, pero por una serie de desacuerdos, el 19 de marzo de 1944 fue invadido por los nazis, por lo que el ministro de Asuntos Exteriores español llamó al embajador para que abandonara la sede diplomática. Fue entonces cuando los alemanes inician la captura de 850.000 judíos húngaros. En la embajada en Hungría se queda el encargado de Negocios, Miguel Ángel de Muguiro, mientras que Ángel Sanz-Briz (1910-1980) es su ayudante. Ambos diplomáticos son testigos de las persecuciones que se realizan a diario contra los judíos y las deportaciones masivas hacia los campos de internamiento y de exterminio, por lo que deciden ayudarlos de alguna forma. Poco tiempo después, Miguel Ángel de Muguiro es destituido, por sus diferencias con el régimen de Franco, y Ángel Sanz-Briz pasa a ser el máximo responsable de la embajada española en Budapest, cuando sólo tenía 32 años. A partir de aquí empezó a desarrollar su labor humanitaria, acordándose de aquella frase que le había dicho el embajador antes de su marcha: “En ocasiones como esta, la conciencia te obliga a tomar partido... Lo sabrás cuando no puedas dormir por las noches”.

Ángel Sanz-Briz comunicó por carta la dramática situación de los judíos al Ministerio de Asuntos Exteriores español: “En dos meses 500.000 personas fueron expulsadas de sus casas. A los judíos se les obliga a entregar las joyas de oro y plata, los aparatos de radio, las bicicletas y los esquíes...”. Pero no obtuvo ninguna respuesta, y éste fue el motivo por el que decidió rescatar a las familias de judíos. “Como no podía soportar las injusticias que se estaban cometiendo”, explica su hijo, Juan Carlos Sanz-Briz, “echó mano de un decreto ley de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, por el que los judíos sefardíes, que fueron expulsados en tiempos de los Reyes Católicos (en 1492), tenían derecho a obtener el pasaporte español”. Así se lo comunicó Ángel a las autoridades húngaras y nazis, incluso al mismo Adolf Eichmann, el teniente coronel de las SS que fue enviado por Hitler para dirigir las deportaciones. El caso es que los alemanes se tragaron aquel decreto que ni siquiera estaba en vigor en España. Los judíos que viven fuera de la capital son internados en guetos, mientras que los que residen en Budapest son transportados en trenes a los campos de exterminio donde eran separados nada más llegar, entre los que pueden trabajar y los que no. Estos fueron eliminados. Muchos judíos fueron fusilados en las riberas del río Danubio, a la vez que les quitaban sus pertenencias. El Danubio Azul fue conocido entonces como el “Danubio Rojo”. Entre los meses de mayo y junio de 1944, medio millón de judíos húngaros fueron internados en campos de exterminio, donde murieron la mitad, la mayoría en las famosas cámaras de gas.

Ángel Sanz-Briz encuentra ayuda en el cardenal Angelo Rotta y, en una reunión con los representantes de los países neutrales, deciden hacer unos salvoconductos para poder rescatar a las víctimas de una muerte segura. Miles de judíos se amontonan entonces en las legaciones sueca, suiza, vaticana y española. A pesar de que en Hungría sólo había 100 sefardíes, Ángel consigue 200 pasaportes. Como España es un país neutral, Adolf Eichmann admite estos pasaportes y también unas compensaciones económicas que el diplomático pagó de su bolsillo. Ángel buscaba a los judíos  por las calles de Budapest y acudía a las estaciones de trenes. Cuando estaban formados en los andenes para partir a los campos de exterminio, preguntaba a voces si alguien tenía cualquier vinculación con España. En caso afirmativo, se lo llevaba con él. Más tarde, fue multiplicando los permisos y lo explica en su libro ‘Los judíos en España’: “Después la labor fue relativamente fácil, las 200 unidades que me habían sido concedidas las convertí en 200 familias; y las 200 familias se multiplicaron indefinidamente, con el simple procedimiento de no expedir salvoconducto o pasaporte alguno a favor de los judíos que llevase un número superior a 200”.




Como los judíos no cabían ya en la legación diplomática, alquiló siete viviendas para alojarlos y en la fachada colocó carteles indicando que eran edificios anejos a la embajada española. En diciembre de 1944, poco antes de que entrara el ejército soviético en Hungría, Ángel Sanz-Briz abandona el país. Y desde Berna (Suiza), informa al Ministerio de Asuntos Exteriores español sobre la actividad que ha llevado a cabo, para poner a salvo a los judíos de Budapest. Cuando finaliza la II Guerra Mundial, la dictadura de Franco quiere propagar la labor humanitaria, pues teme la reacción de los aliados contra España, y le pide a Ángel que diga que el rescate de los judíos lo llevó a cabo por orden del Gobierno español. El italiano, Giorgio Perlasca (1910-1992), luchó durante la Guerra Civil española en el bando franquista, pero desertó del ejército italiano y solicitó el pasaporte español. Fue el ayudante de Ángel pero, al marcharse éste, dirigió la legación diplomática. Como cónsul de España, continuó con la labor de su antecesor, falsificando documentos y firmándolos como Ángel Sanz-Briz, de esta forma llegó a salvar a un total de 5.200 personas. Sin embargo, acabada la II Guerra Mundial le atribuyeron al italiano todo el mérito de la obra humanitaria, olvidando al diplomático español. La historiadora Mayte Ojeda descubrió una carta, en un archivo de Washington, en la que Sanz-Briz desde San Francisco se dirige a Perlasca: “No olvide usted que la decisión de meter gente en los locales de la legación fue de mi propia iniciativa, sin previo permiso de Madrid, y motivada por el terror que entonces reinaba en la capital húngara”.


En agradecimiento, el Gobierno de Israel le otorgó en 1968 el título de "Justo entre las Naciones", la mayor distinción que concede a quienes ayudaron a salvar judíos durante el “Holocausto’ nazi”. Sin embargo, el régimen del general Franco no lo autorizó a viajar a Israel para recibir esta distinción. Los judíos húngaros que sobrevivieron fueron ayudados por ángeles como Sanz-Briz, el diplomático sueco Raoul Wallenberg y la embajada del Vaticano. “Esto ocurre en el 44, mi padre muere en los 80 y su labor no se empieza a reconocer hasta entrados los 90”, cuenta el hijo del diplomático. “El ángel de Budapest se murió sin saber que era un héroe”, afirma, aunque esto no le perturbó, “porque lo importante para él era haber salvado a miles de inocentes”. En la residencia del embajador de Israel en España, Shlomo Ben Ami, tuvo lugar en agosto de 1989 un homenaje a Sanz-Briz, al que acudió el ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Fernández Ordóñez. Se hizo entrega a Adela Quijano, viuda de Sanz-Briz, de la Medalla de los “Justos entre las Naciones” concedida a título póstumo. También se autorizó la plantación de un árbol en el Monte del Recuerdo, de Jerusalén.


En septiembre de 2015, le dedicaron una calle en la capital húngara. En la nueva avenida "Ángel Sanz Briz", una placa y un monolito recuerdan al "Ángel de Budapest", con  esta leyenda: “En memoria del diplomático español Ángel Sanz-Briz ‘Justo entre las Naciones’ (1910-1980), quien en 1944, junto con los empleados y colaboradores de la legación de España en Budapest, salvó la vida de más de 5.000 judíos húngaros de la persecución del nazismo. ‘No te quedes inactivo cuando derraman la sangre de tu prójimo’ (Levítico 19/16). Embajada de España, 2015”. Y en el jardín de la Gran Sinagoga, de la capital húngara, los nombres del español y del sueco Raoul Wallenberg, que salvó a más de 50.000 judíos, aparecen juntos.


Ángel Sanz-Briz expidió 235 pasaportes colectivos, salvó a 352 personas y a otras 1.898 con cartas de protección, mientras que 15 pasaportes ordinarios, incluían a 45 judíos sefardíes. Salvó en total a 2.295 personas hasta su salida de Budapest. Hay que recordar que Ángel rescató a 1.095 personas más que el famoso Oskar Schindler. En diciembre de 2014, Madrid también le dedicó una calle al diplomático y, en su ciudad natal, Zaragoza, un busto y una plaza honran su nombre y su memoria. Y en 2011, fue estrenada en España la película “El ángel de Budapest”, dirigida por Luis Oliveros. Ángel Sanz-Briz falleció el 11 de junio de 1980.

Este monolito, en el puerto de Cádiz, me inspiró el artículo

domingo, 22 de mayo de 2016

LA ACADEMIA FIDES Y DON CARLOS VILLARREAL




Esquina de la calle Ángel Barrios




      



   
        A finales de agosto del pasado año me pasé por la calle Ángel Barrios, en la esquina con Arabial, donde al principio de los años setenta se encontraba la Academia Fides, que entonces dirigía el profesor don Carlos Villarreal. Era delgado, con gafas, siempre iba mal afeitado y tenía la cara llena de granos. Cojeaba de la pierna derecha y tenía la voz cascada, pero esto no parecía influir en su buen ánimo. Don Carlos tenía fama de ser persona liberal y culta. En la academia estuve dos meses y pico, cursando el COU (Curso de Orientación Universitaria), que en aquella época se implantó en España sustituyendo al antiguo PREU (Preuniversitario), por lo que aprobaron el curso la mayoría de los alumnos. A pesar del poco tiempo que estuve internado en la academia, tengo recuerdos imborrables. Las clases eran a base de tomar apuntes, con el fin de prepararnos para la universidad, y una de las asignaturas era Historia Contemporánea. Nos daba la clase un profesor achacoso, muy moreno y con bastantes arrugas. Fumaba en boquilla y, a veces, se entretenía contándonos su vida.

Durante varios días estuvo explicándonos la Revolución Francesa, toda una novedad porque el Régimen de Franco –la censura– abría un poco la mano y permitía el estudio de los revolucionarios franceses. Comentando el asesinato del presidente John F. Kennedy, en 1963, el profesor sostenía que los Estados Unidos no eran una verdadera democracia, pues no se había logrado averiguar toda la verdad sobre el atentado, debido a oscuros intereses. La muerte de Kennedy dio mucho que hablar entonces e hizo correr ríos de tinta, pues el joven presidente estableció una nueva forma de gobernar y llegó rodeado de profesores de la Universidad de Harvard, en comparación con el anterior presidente, el general Eisenhawer, que había ganado la II Guerra Mundial.

La Academia Fides ocupaba la planta baja y el sótano de un bloque de pisos, lindando con la calle Ángel Barrios, el callejón de atrás y el campo. En la planta baja se encontraban varias aulas y las oficinas, mientras que en el sótano estaban el comedor y los dormitorios. En los recreos los alumnos paseábamos por el descampado, lo que hoy es la calle Arabial, mientras que las huertas de la Vega se extendían al otro lado de una vieja tapia. Ésta era la línea divisoria entre la ciudad y el campo. También nos íbamos andando por el Camino de Purchil, pues entonces no pasaban los vehículos. La Huerta de San Vicente era desconocida entonces, a pesar de que la teníamos enfrente –hoy se encuentra en el Parque de García Lorca–, pues el escritor de Fuente Vaqueros estaba censurado al comienzo de los setenta y apenas se le mencionaba. Por las noches, cuando apagaban las luces en el dormitorio, decía el gracioso de turno: “¿Os acordáis del chiste número seis?”, y entonces nos reíamos a carcajadas. “¿Y del número ocho?...”. Y así estábamos de choteo hasta la una de la madrugada. Estaríamos internos unos cuarenta alumnos, más los que venían a las clases.

      Un día, a comienzos de diciembre de 1971, la comida fue más pésima de lo habitual. El caso es que no pude contenerme y, delante de mis paisanos y de las mujeres que servían la comida, hablé mal del director. El incidente llegó a oídos de don Carlos y me expulsó de la academia, aunque, más tarde rectificó y me readmitió. Sin embargo, mi padre aprovechó aquel castigo para decirme que se acabó el colegio para mí. Pasé unas vacaciones amargas, sobre todo al ver que mis paisanos regresaban a los colegios después de la Navidad, mientras yo me quedaba solo en el pueblo sin saber qué hacer. Sólo tenía una salida: marcharme a trabajar. En febrero, harto de estar en casa y de no hacer nada, cogí un autocar pequeño de un particular, que se dedicaba a hacer viajes piratas (de forma ilegal) a Barcelona y me marché a trabajar.



Calle Arabial








Un tiempo después, cuando yo viajaba en ‘el Catalán’, el tren de Barcelona a Granada –en Cataluña creo que le dicen ‘el Andaluz’, aunque han suprimido la línea hace unos meses, por las obras del AVE en Antequera–, oí a un matrimonio francés que hablaba de don Carlos Villarreal. Les pregunté y en su idioma me dijeron que eran amigos de él y que los visitaba cuando iba a Francia. Recuerdo que don Carlos nos hablaba con admiración de los diferentes quesos que comían los franceses, de su cultura y de sus estancias en el país vecino. En la Academia Fides también dieron clases en los años setenta el poeta Antonio Carvajal y el arabista Emilio de Santiago, que falleció hace unos meses. Pero de esto me enteré hace unos años, pues me costó trabajo reconocer a aquellos jóvenes profesores de entonces. Durante bastante tiempo, perdí el contacto con Granada y no sé cuándo falleció don Carlos Villarreal ni en qué año desapareció para siempre la Academia Fides.

Buscando información, me he enterado que en las diferentes sedes que tuvo la Academia Fides se reunían a veces los ‘poetas rojillos’ de aquella época –Pepe García Ladrón de Guevara, Rafael Guillén, Elena Martín Vivaldi y otros intelectuales–, ya que don Carlos Villarreal era un intelectual de izquierdas y también fue el mentor y maestro del poeta Antonio Carvajal. Pero el mejor recuerdo que conservo de don Carlos es que era comprensivo con los alumnos. En aquella ‘pollería’ –como le llamábamos a la academia– vivíamos en la gloria pero me salió cara mi rebeldía de juventud. 

Posdata: la academia tenía las entradas por la calle Ángel Barrios (donde se encuentra Granaforma) y por la calle Arabial, a la altura de los garajes, por debajo de Granaforma.