viernes, 29 de noviembre de 2013

TARDE DE NOVIEMBRE CON ÁNGEL GANIVET



Ángel Ganivet, pintado por J. Ruiz de Almodóvar









Como todos los años, me he acercado al viejo cementerio de San José a rezarle a mis padres, a visitar las tumbas de los amigos y, de paso, a echar un rato con Ángel Ganivet, el de ‘Granada la bella’. Él se alegra mucho cuando me ve aparecer y allí pasamos largas horas charlando como viejos amigos, aunque han pasado ya 115 años de su trágica muerte: “Voy a hablarte de Granada, o mejor dicho, voy a escribir sobre Granada unos cuantos artículos para exponer ideas viejas con espíritu nuevo, y acaso ideas nuevas con espíritu viejo”. Cuando el de la Cofradía del Avellano empieza así, yo me quedo escuchándolo como embobado:

 “Para embellecer una ciudad –siguió diciéndome– no basta crear una comisión, estudiar reformas y formar presupuestos; hay que afinar al público, hay que tener criterio estético, hay que gastar ideas”. Y ya fue directamente al grano: “Empecemos por el alumbrado. Cómo crees tú que es más bella Granada: ¿alumbrada con aceite, con gas o con luz eléctrica? Ten en cuenta que la luz eléctrica se lleva hoy la palma y todas las ciudades se aprestan gozosas a recibir la nueva luz”. Entonces le recordé la anécdota de que, cuando se inauguró en Granada el alumbrado de gas, los partidarios del aceite pusieron el grito en el cielo y apedrearon las farolas, incluso persiguieron a los alumbradores. “Allí –le dije–, hubo unas escaramuzas entre los tíos del gas contra los zascandiles del candil que, afortunadamente, no fueron a mayores”. Pero, ahora, Ganivet adoptó ese aire taciturno, que tanto le caracteriza:

 –Yo llegué a Finlandia y vi que era muy triste, que nevaba sin parar y hacía mucho frío en la calle. Mi casa estaba cerca del mar, en un sitio que a mí me pareció semejante a la Alhambra, a los Mártires: un bosque, cuyos árboles estaban muertos y enterrados en nieve, cerca de un mar inmenso. El bosque era la Alhambra, el mar la Vega y el balcón de mi casa, el balcón del Paraíso. En tan poco propicias circunstancias, tuve necesidad de hacer algo para matar el tiempo y fragüé mis catorce artículos. Uno por día, pero quedaron reducidos a doce.




  
  Traté de sacarlo de su pesimismo, y le pregunté: “Oye, Ganivet, cada vez que llega un partido al Gobierno de España, lo primero que hace es sacarse de la manga su ley de Educación, y así llevamos ya seis leyes en 27 años. Pero lo cierto es que los españoles estamos a la cola en Educación y somos el hazmerreír de Europa. Tú, ¿qué piensas de esto?”. Pero ni siquiera me dio tiempo a terminar: “En España se han creado cátedras de gimnasia a expensas del Latín; pronto se crearán escuelas de telefonistas a expensas de la Facultad de Filosofía. Si un maquinista llega a descubrir una válvula de seguridad, cerramos la mitad de las universidades; y si cualquier desocupado, por casualidad, descubre la dirección de los globos, nos dedicamos todos a volatineros...”. “Está visto –le interrumpí– que las Humanidades en el futuro sólo van a servir para recoger el polvo de las bibliotecas, y poco más”. Como sé que es un buen conocedor de los aguadores, le pedí que me hablara de ellos, pero no me atreví a decirle que apenas si corre un hilillo de agua por la otrora famosa fuente del Avellano, que, como decía el poeta,  "límpida y riente corre en verano”.

 –Mira, ése que ves ahí –debió, sin duda, de confundirse, porque señaló al guarda del ‘Señor del Cementerio’–, es un aguador de aluvión, que de seguro no sabe llevar la garrafa, la cesta de los vasos y la anisera. El verdadero aguador se compenetra con estos tres elementos hasta tal punto, que huele donde tienen sed, pregunta, y con sus pregones despierta el apetito: “¡Acabaíca de bajar la traigo ahora! ¡Fresca como la nieve! ¿Quién quiere agua? ¡Nieve, nieve! ¿Qué frescura de agua! ¡De la Alhambra!, ¿quién la quiere? ¡Buena del Avellano, buena! ¿Quién quiere más?, que se va el tío”. 

 Yo me reía viendo cómo los imitaba, pero, al pronto, puso el semblante serio y empezó a hablar del brasero, del velón y del candil en el antiguo hogar: “Poned un foco eléctrico y una estufa que ilumine y caliente toda una habitación por igual, y habréis dado el primer paso para la disolución de la familia…”. Se me hacía tarde, pero antes quise contarle un secreto: “¿Tú sabes cuál es el mejor negocio que hay en Granada? Pues…, que donde hay una alameda o un sembrado, te plantan una urbanización”. Y entonces le recité de memoria la célebre frase suya: “Mi Granada no es la de hoy: es la que pudiera y debiera ser, la que ignoro si algún día será”. Ganivet se sintió halagado con esto, pero allí lo dejé, en su triste y blanca sepultura, mientras musitaba su ‘Canción extraña’: "Yo soy la sombra que corre desolada; / amor que va ciego y mudo por el mundo, / soñando en la niña blanca... / Dormís soñando en la muerte / y la muerte está lejana. / Despertad, que ya se acercan / las frescas luces del alba”. 

Antigua estampa de la fuente del Avellano

Posdata: Ganivet fue nombrado cónsul en Riga (Letonia), en 1898. Tras una crisis espiritual y abandonado por su compañera sentimental, Amelia Roldán, cayó en una profunda depresión y le afectó también el ‘Desastre del 98’ (le habían diagnosticado manía persecutoria). El 29 de noviembre se arroja por dos veces, desde el barco, al rio Dvina, acabando ahogado en sus frías aguas. En 1925, sus restos fueron trasladados al cementerio de San José, de  Granada, en medio de un gran  recibimiento. Por eso, cada 29 de noviembre, la ‘Asociación Granada Histórica’ celebra un acto de homenaje a Ángel Ganivet. En el 2003 me invitó su presidente, entonces César Girón, y leí un escrito, después de intervenir el periodista Enrique Seijas. Ese año se hizo una ceremonia conjunta con la asociación del poeta Manuel Benítez, que está enterrado a escasos metros del escritor granadino y también falleció por estas fechas. Recuerdo que fue una ceremonia memorable, en medio del silencio de los cipreses y el frío intenso de aquella mañana de noviembre.

sábado, 16 de noviembre de 2013

ROQUE ‘PUM’, EL VAGABUNDO




Las penurias de la vida no lograron arrebatarle la sonrisa







 
 
La figura de Roque ‘Pum’ merecería un capítulo aparte. Era un pobre borrachín que iba de taberna en taberna, posiblemente para olvidar sus penas y fracasos. Y cuando ya estaba achispado, lo veías por la calle dando tumbos. Entonces los niños nos mofábamos de él, “¡Roque ‘Pum’, ‘Pum’, ‘Pum’!”. Y éste respondía tirándonos piedras o echándonos maldiciones. Incluso algunos hombres, a escondidas, le gritaban ¡‘Pum’! Y entonces se ponía hecho una furia: “Me cago en ‘tó’ tus muertos... ¡Mal dolor sus dé!...”. Roque entonces parecía un animal rabioso. Recuerdo un día que estaba yo leyendo un libro en la alameda que había al lado del puente del río Guardal, yendo para el Lago. Entonces oí unos gruñidos y vi un bulto tirado en la hierba: era Roque durmiendo la mona de la mañana, o puede que de la noche anterior. Allí, los días en que apretaba el calor, se estaba bastante fresco.

 

La foto de Roque sentado en el poyo de la Cruz de los Caídos es una joya: por la frescura, espontaneidad y sencillez que tiene. Es la única imagen que se conserva de este pobre diablo, y seguro que el fotógrafo (mi padre) le diría: Quédate ahí, Roque; que te voy a echar una foto. ¡Pero, hombre, mira cómo estoy...! (iba siempre hecho un adán) ¡Nada, nada! Tú estate quieto un momento. ¡A ver, alegra esa cara...! Y la máquina hizo ¡pum! Y Roque ‘Pum Catapúm’ sonrió. Y hasta salió fotogénico y todo, como esos lechuguinos con botines: con su gorrilla de visera –seguro que se limpiaba la boca con ella y hasta le servía de almohada en el campo– y su chaqueta larga a cuadros, que más bien parece una gabardina, donde guardaba los mendrugos de pan. Y esos pantalones anchos y rotos, que se ataba con una guita.

 

Roque aparenta más de cincuenta años, pero está envejecido, apaleado ya por la vida. Aunque todavía se le nota cierto orgullo y prestancia al apoyarse en su bastón –una vara, como los alguaciles y cuadrilleros– y en la manera de coger el cigarro, mientras cruza coquetamente las piernas. Nunca he visto a un mendigo posar de esta manera, con ese orgullo, y estoy seguro de que nunca hubiera salido tan bien en una foto de estudio. Roque ha logrado salir tal cual, incluso con cierto aire juvenil. Sin embargo, pocos años después, se lo llevaron a la residencia de ancianos ‘González Penalva’, de Huéscar, donde no le faltaba su plato de comida caliente. Pero a Roque no le gustaba nada que lo tuvieran encerrado –la jaula no se había hecho para su alma de pájaro– y, de vez en cuando, hacía sus escapadas y se presentaba en Castilléjar. Lo mismo asomaba montado en el camión de las gaseosas. “¿Adónde vas, Roque?”, le preguntaban de cachondeo. “¡Adonde me salgan los ‘güevos’!”, respondía con ese mal genio que tenía. El caso es que el pueblo le tiraba, a pesar de que ya no tenía a nadie en este mundo. Otro día seguro que se lo encontraban tirado por ahí, en algún bancal, apestando a vino y medio muerto de hambre. Porque su casa eran las tabernas, su comida el morapio y su lecho cualquier bancal de alfalfa o de remolacha. Allí donde le cogiera más a mano, dormía la borrachera al cielo raso.

 

Noches de tragos, mañanas de resacas y tardes de ardores. Así debió de ser su triste y errante vida. El mendigo borrachín al final murió en la residencia de ancianos y lo enterraron en el cementerio de Huéscar, ignoro si se acordaron de ponerle una lápida. ¡Que la tierra que tanto amabas te sea leve, Roque! Nos ha quedado tu foto y una media sonrisa, y tu raída chaqueta a cuadros –tres o cuatro tallas más grande, pero eso no importa–. Roque fue un personaje de nuestra infancia, como esos tipos solitarios, extravagantes y desarraigados, que tanto abundan en la literatura. Y sin embargo, en nuestra inconsciencia de niños fuimos crueles con la desgracia ajena. Porque, Roque ‘Pum’, el famoso vagabundo, no era malo. No señor. El sólo bebía para olvidar los malos recuerdos de esta puñetera vida.

 

De la novela ‘Diálogos en la tierra de los ríos’ (2003), de Leandro García Casanova