martes, 7 de octubre de 2014

AQUEL VERANO DE 1976



Charo, Paqui, María Luisa y Leandro. 17.10.14

Ya no confundo el tiempo con la vida. Carlos Cano





14 de junio de 1976. “En Granada conocí a Salgado, que me introdujo en su pandilla donde pasé momentos muy alegres. Esto hizo que me olvidara de mis preocupaciones y que conociera a Mónica, que es una chica divertida. ¡Cómo me gustaría volver! Si no encuentro pronto trabajo aquí, en Palma de Mallorca, tendré que volver pues el dinero vuela”. Recuerdo que me pasé 15 días como Van Gogh, esto es, a base de “pan y chorizo”, y al final tuve que regresar a Granada, sin trabajo y sin un duro en el bolsillo. Tras la muerte de Franco, aquel cálido verano del 76 hubo un boicot internacional contra España –el turismo se resintió bastante–, en protesta por el fusilamiento de cinco militantes de la ETA y del FRAP.

Granada, 26 de julio. “Me falta poco para irme a Madrid pues no tengo ningún trabajo en perspectiva. Ayer hicimos una fiesta en casa de Clara, que está igual que siempre. Lola se había cortado el pelo y Ángeles me contó que para octubre también se marcha con su familia a Valencia. Está bastante apenada al pensar que tiene que dejarnos, y me confesó que se siente rechazada por Salvador. Tiene tal pesimismo, que me pidió que le llevara un ramo de flores porque decía que se iba a morir. Traté de animarla diciéndole que no se olvidara de invitarme a su boda. Mañana es posible que la llame por teléfono y la invite a darnos una vuelta. Con Mónica –hermana de Clara– también estuve hablando largo y tendido. Es la que más me atrae del grupo y con quien tengo más confianza. Estoy seguro que podría hacer feliz a cualquier hombre. A veces siento que dentro de poco nos separaremos y cada cual tirará por su lado. Pienso entonces que, allá donde vaya, me será difícil encontrar un grupo así. ¡Es una lastima! El sábado lo festejaremos un poco y se acabó”.

21 de agosto. “Los días siete y ocho fuimos a Torrenueva, las curvas y los baches de la pésima carretera de la costa, a través de montañas y precipicios, le daban al viaje un cierto aire de aventura. Al llegar, paramos en el chalé de Salgado. Después de comer una ensalada durante el largo y tortuoso camino, cenamos un poco en el chalé. A las once de la noche, nos bañamos en el mar y compramos un poco de pescado a un hombre, que faenaba a aquellas horas en una pequeña barca. Luego, en la playa, estuvimos cantando con una guitarra hasta las tres de la madrugada. Todos dormimos en el chalé: tres en el colchón del sofá y los demás donde buenamente pudimos, Salgado y yo nos fuimos al turismo y pasé la noche oyendo sus ronquidos. El domingo almorzamos con la comida que traíamos y, sobre las 5:30 de la tarde, emprendimos el regreso. Íbamos siete en el Seat 850 y, cada cierto tiempo, aquel petardo empezaba a echar humo. Entonces había que parar un rato y echarle agua al radiador. Entre unas cosas y otras, llegamos a Granada sobre las once de la noche. Desde entonces no he vuelto a verlos por la sencilla razón de que estoy “sin blanca”. Estos días de larga espera me he entretenido escribiendo una pequeña novela, y se la he dedicado a Mónica”. 

10 de enero de 1977. “Por la mañana estuve con casi toda la pandilla y me alegré bastante cuando vi a Mónica. La noto como más hecha y más mujer, aunque prácticamente sigue siendo la misma. Estuvimos hablando un buen rato y realmente me ha sabido a poco”. Me marché a Madrid y, al final de 1995, se produjo mi regreso a Granada por el que había añorado todos estos años. Un día fui a saludar a Manuel, el ‘niño’ del grupo, me contó que Salvador se había matado en un desgraciado accidente de moto y que Clara no hacía mucho que había fallecido de un cáncer. Lola también tenía a su marido en coma, en el hospital, a causa de un accidente en el trabajo. De Manuel –aquel chaval sencillo de entonces– deduje que no se había casado y que estaba solo en la vida. Parecía rehuir todo aquello que oliera al pasado. Era como si una maldición se hubiera cebado con la pandilla. Cuando precisamente aquella noche de verano, junto al mar y al son de la guitarra, cantamos todos juntos como despedida, aquella desgarrada canción de Chavela Vargas: “¡Ojalá que te vaya muy bonito y que la vida te vista de suerte!”.

Sin embargo, estando un domingo en un bar, oí que me decían: “¿No te acuerdas de mí?”. Me costó trabajo reconocerlo porque ya tenía todo el pelo cano. Era Salgado, tan amable como siempre, precisamente en esta tierra donde la gente es tan despegada. Quedamos en que intentaríamos reunir al grupo. Lo cierto es que yo había conservado en mi memoria los buenos recuerdos de entonces –que son los que recoge el ‘diario’ de aquellos días–, pero la realidad como siempre iba por otro lado. “Es el tiempo, me dije, de las ilusiones perdidas y de la añoranza por los amores marchitos”. Otro día, no sé por qué, recordé las veces que Mónica y yo bailamos juntos en la terraza de su casa, al ritmo lento de aquellas dulces y embriagadoras melodías de ‘Los Ángeles’. Y cuando la sangría me hacía efecto, mis ojos se clavaban en los de ella y entonces no parábamos de hablar de nosotros como si el mundo no existiera. Éramos dos almas en pena en busca de un sueño imposible; pero esa vez, en contra de mi costumbre, yo no me rebelé contra la crueldad del destino. Ni siquiera llegué a declararme.   


Hace unos meses me armé de valor y pregunté a una vecina del Albayzín, sin demasiada convicción: “¿No vivía aquí un matrimonio, que tenía una hija…?”. Ante mi sorpresa, la mujer me indicó una tienda de ropa que estaba unos metros más arriba. Yo iba algo desaliñado y sin pensarlo me presenté ante Mónica. Seguía siendo bella, a pesar de los años, y sus ojos eran muy expresivos. Recuerdo que era dulce, muy femenina y aparentemente frágil. “¡Cómo ha pasado el tiempo!”, acerté a decirle y entonces noté su tierna mirada de siempre. Pero apenas pudimos decirnos cuatro palabras porque tenía que atender a los clientes y, resignado, quedé en llamarla.



"Subíamos por la Cuesta Alhacaba"








“¡Siempre nos quedará París!”, le oí decir alguna vez al cínico de Rick (Humphrey Bogart), mientras que los fugaces ojos de Ilsa (Ingrid Bergman) resplandecían en la oscuridad. En realidad, ella no sabía con quien  tenía que irse en el avión: si con Laszlo, su marido, o con el aventurero de Rick. “Después de 25 años –pensé–, nos queda la nostalgia de los recuerdos: ¡sólo cenizas!” Hace unos días llamé por teléfono a Mónica para decirle, bastante contrariado, que veía difícil que pudiéramos reunirnos los de la pandilla. “Oye –me respondió como si no me hubiera escuchado–, ¿sabes que estos días he encontrado aquella novela que me dedicaste?”.   

Artículo publicado en Ideal, el 1 de septiembre de 2001, y en Ideal en Clase, el 19 de octubre de 2014

                                         
Posdata: Basilio Osado Alamino –su nombre verdadero– pertenecía también a la pandilla. Habíamos sido compañeros de curso en la ‘Casa Madre del Ave María’, hizo el Magisterio y, cuando estaba de director de una sucursal bancaria en un pueblo de la costa granadina, falleció de cáncer, el 7 de noviembre de 2005. Basilio era alegre, sencillo y se hacía de querer. A Mónica se le infectó una herida en un pie, a causa de la negligencia de un médico, y tuvieron que amputarle un dedo para que no se le extendiera la grangrena. Estuvo coja durante unos años y, gracias a sus esfuerzos, hoy anda mejor. En realidad, fue ‘Fede’ (otro miembro de la pandilla) el que falleció en un accidente de moto, mientras que Salvador –el marido de Ángeles– murió el pasado año. Por si esto fuera poco, en febrero murió una nieta de Ángeles. Lola no tuvo mejor suerte, su marido falleció en el Hospital de San Rafael, después de estar mucho tiempo en coma. “Aquello era un sin vivir”, me decía. A Manuel le dieron una incapacidad y se marchó a vivir a la costa. En aquellos años, los de la pandilla solíamos quedar en un bar que estaba cerca de la iglesia de San Ildefonso y luego subíamos al Albayzín, por la Cuesta Alhacaba, a divertirnos o a bailar. También le hacíamos alguna que otra visita al bar ‘el Cebollas’. Últimamente, me encontré con Mónica y pensamos reunirnos los cinco que quedamos de la pandilla. 

Por fin, el 17 de octubre de 2014, conseguimos reunirnos los supervivientes de aquella pandilla. Después de pasar casi tres horas charlando y recordando, en un bar, nos echamos una foto en la plaza del Carmen, de Granada. Faltó Manolo Ruiz, a quien creo que localicé y estoy esperando a que me llame por teléfono. Hemos quedado en que nos reuniremos otro día. Yo no podía esperar que lo pasáramos tan bien, con tanta desgracia de por medio, como ha ocurrido en estos 38 años. 

El 1 de agosto de 2017 quedo con Charo, en un bar. Me cuenta que su marido estuvo tres años en coma irreversible, a causa de un infarto, en San Rafael, hasta que falleció. Vive con su hijo, que se ha examinado de conducir. Me dijo, por dos veces: “Cuando estuve con Paqui, hablamos de ti". Continuó diciéndome que "ella ha sufrido mucho, los últimos meses estaba sin pelo y apenas podía hacer nada, tenía un cáncer de pulmón y murió por metástasis, el 18 de mayo. Era muy buena e inteligente, ha sido discreta hasta su muerte". Yo me acerqué al tanatorio a darle el pésame al marido y a los dos hijos de Paqui, y me sorprendió ver al juez Emílio Calatayud que se acercó a saludar a la familia. El marido y un nieto de María Luisa también fallecieron, hace dos años. Miguel no ha querido cuentas con nosotros y, en cuanto a Manolo Ruiz, no sabemos dónde se encuentra aunque trabajaba en Caja Granada. No es normal que fallecieran Fede, Teresa, Basilio y últimamente Paqui. También, fallecieron los maridos de Charo y de María Luisa. “Este encuentro teníamos que haberlo hecho antes de la enfermedad de Paqui, pero no quise insistiros más”, le dije a Charo, cuando nos despedíamos. Cuando la noche de aquel verano del 76, cantábamos junto al mar la canción de Chavela Vargas, “¡Ojalá que te vaya muy bonito y que la vida te vista de suerte!”, nunca pensamos que el destino iba a ser tan cruel con cuatro de la pandilla. Tere y Paqui eran hermanas, mientras que María Luisa es prima de ellas.  

Esta poesía se encuentra escrita en un monolito, en el camino de la Fuente del Avellano, y la dedico a los cuatro amigos fallecidos:


Si no estuviera viva cuando vuelvan los petirrojos,
al de la encarnada corbata, en mi memoria,
echadle una migaja.
Y si no os lo pudiera agradecer,
porque profundamente me hubiese dormido,
notaréis que lo intentan mis labios de granito.


Emily Dickinson





6 comentarios:

  1. He copiado los comentarios de Ideal en Clase. Leerlos de abajo a arriba.

    Leandro Garcia Casanova · Mejor comentarista · Colegio del Ave Maria
    Mariquilla Galvez estas historias no suele publicarlas Ideal, pero a mí me dio por la nostalgia y el subdirector, Esteban de las Heras, la publicó hace ahora trece años. Me he dado cuenta ahora, pero tiene mucho parecido con la película 'Américan graffiti', del director George Lucas, de 1973. Trata sobre un grupo de adolescentes y sus vivencias la última noche del último verano de su juventud, en 1962. A la mañana siguiente, comenzarán todos el camino hacia su futuro: viajando hacia lejanas universidades, o permaneciendo en el pueblo para buscar un oficio. Yo la vi por aquella época y veo que tienen mucho parecido. El otro día lo pasamos muy bien, en la foto salimos bien y el mérito ha sido de todos, sobre todo de Paqui, que ha contactado con vosotras y conmigo. Me apunto a otro día
    Responder · Me gusta · hace 13 horas

    Mariquilla Galvez · Trabaja en Ingeniera Técnica de las Labores de Hogar
    Esta muy bien la historia que has contado sobre nuestra pandilla, si todo lo que cuentas ocurrio quien no iba a decir que cuando nos encotraramos otra vez, estariamos en esta situacion, pero que bien lo pasamos, que pandilla mas bonita tan llena de energia y sobre todo juventud, cuantas ilusiones cuantos sueños, como me gustaria echar el tiempo para atras y volver por unas horas otra vez a vivir lo que vivimos tan bonito, pero es imposible , pero yo lo que me digo que a pesar de todo esos recuerdos no nos quita nadie son nuestros recuerdo y eso no lo puede cambiar nadie.; Bueno Lenandro tenemos que repetir porque nos lo pasamos muy bien a pesar de todo y la percha de reir que nos dimos, asi que Leandro muchas gracias por haber hecho esto posible y habernos reunido los pocos que quedamos, lo dicho hay que repetir¡¡ muchos besos y gracias y la historia muy bien ¡¡¡¡
    Responder · Me gusta · Cancelar la suscripción a esta publicación · Ayer a las 8:15

    Aparte de los recuerdos, nadie podía pensar que , de la pandilla, fallecieran tres. Y también los maridos de otras dos...
    Responder · Me gusta · Cancelar la suscripción a esta publicación · 7 de octubre a la(s) 12:41

    Angeles Valera Narvaez · Le sigues · JEFA en Resolver el mundo en el Bar con un Amigo
    Jolin que recuerdos mas tristes tan quedado un beso
    Responder · Me gusta · Cancelar la suscripción a esta publicación · 7 de octubre a la(s) 10:53

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  2. Amigo Leandro, me ha encantado esta pequeña historia, como todo lo que escribes.
    Que Dios te siga bendiciendo muchos años más.
    Un abrazo.

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  3. El motivo de volver a publicar el artículo ha sido la muerte de Paqui, tenía que hacer algo por ella, porque ha sufrido mucho los últimos años y yo no sabía nada hasta que me lo contó Charo. María Luisa ha sufrido demasiado con la muerte de su marido y de su nieto, mientras que Charo estuvo acompañando a su marido tres años en San Rafael. Mientras que yo puedo dar gracias porque me he librado de desgracias en la familia. Gracias por tus comentarios, amigo Roberto, para mí son una satisfacción y me sirven para seguir contando historias. Van 453 lecturas

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  4. Gracias a ti por compartir con nosotros tus cosas.
    Siempre que nos encontramos ante casos tan tristes nos decimos que la vida no debería ser así, pero por más que nos lo digamos, así es.
    Ya sabes, "los caminos del Señor son inescrutables".
    Ojalá todos ellos hayan descansado en paz.
    Un abrazo.

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  5. Solemos quejarnos continuamente de los problemas que nos surgen a diario, pero no se nos ocurre darnos una vuelta por los hospitales y cementerios. Saldríamos reconfortados

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  6. Siento disentir, pero yo prefiero quejarme cuantas veces haga falta y aportar mi granito de arena porque todas las personas tengan una vida mejor y más digna.
    Tiempo de visitar hospitales y cementerios ya tendremos sin ni siquiera proponérnoslo.

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