domingo, 25 de enero de 2015

DE SANTOS Y DUENDES






Aquí estoy con mis tíos, Jesús y Paco Casanova. Orce, 1958










En recuerdo de Juan Antonio Casanova Guillén

La nieve ha ensabanado la sierra de Periate y los tejados de Orce, mientras un frío siberiano (nueve grados bajo cero, oiga) recorre sus calles al son de los incansables redobles de tambores de la soldadesca. Pero el programa de fiestas de San Antón, del día 18, no perdona: “Queda todo el pueblo invitado a comernos una vaca...”. Y unas horas después del rancho, tiene lugar el ‘Desfile de la Zorra’, donde van todos los participantes. El domingo por la tarde viene la bajada a la ermita de San Sebastián; y poco después tienen lugar las luchas entre moros y cristianos... Éstos, finalmente, dan un golpe de mano y recuperan al santo. Y luego, todos juntos, se dirigen a las puertas de la iglesia de Santa María, donde bailan sus banderas y dan vivas a San Sebastián. Reseñar que estos tradicionales y festivos enfrentamientos, entre ‘moros y cristianos’, vienen celebrándose en Orce desde 1639. Seguidamente hay un pasacalle de soldados y danzantes   –hacen un baile muy original, que recuerda a los ‘seises’ de Granada–, con Cristo al frente vestido de ‘Cascaborra’. Y así andan estos días por aquí: entre briegas y algarabías, bailes –gandulas y rondeñas– con ‘cuerva’ y jaleo de petardos.

Escribo desde estas tierras altas de frontera, donde lo mismo te hacen una lata de cordero al horno que unos andrajos con liebre en el bar del ‘Remolacho’. ¿Cuántas veces, de niño, habré soñado que me encontraba en Orce? Por eso, cuando paso por sus viejas calles y hablo con sus gentes amables y cumplidas, o simplemente veo unas habas desparramadas en la era, secándose al sol, me vienen recuerdos de la infancia. Pascual Madoz, en su ‘Diccionario Geográfico’, de 1850, describía la situación de Orce de esta singular manera: “Se halla escondido en la embocadura de un barranco y resguardado de todos los vientos...”. ¡Como si Orce tuviera puerto de mar! Juan Antonio Casanova preside la asociación “Ciudadanos por Orce”. Afirma que “esta zona está muerta y, además, no dan permiso para las excavaciones en Venta Micena”. Antonio Sánchez es el tesorero: “Hoy los campos están mejor cultivados, sin embargo, el agricultor gana menos que antes”. Mientas tanto, Orce está esperando que se produzca el milagro: la aparición de un zancajo del ‘Abuelo de Europa’. Y estos días nos hemos enterado que tenía un ‘pariente’ en Galera, cerca de la cueva del ‘Rizao’.

En los años setenta, el tío Pérez componía trovas y cantaba los ‘vítores’. Ya de viejo, cuentan que tenían que llevarlo en un carrillo de ruedas por las casas de los vecinos, mientras improvisaba las coplillas: (redoble de tambor) “¡Vítor, vítor, vítor, que viva el señor alcalde, que quiere traer agua a ‘punta pala’ ‘pa’ ahogarnos a ‘tos’...!”. Y al terminar, toda la soldadesca que lo acompañaba respondía a grito limpio: “¡Vivaaa!”. Suena de nuevo el redoble del tambor –¡porrón, pon...! –, y pescan y se van con la música a otra casa. En cambio, hoy los ‘vítores’ se leen en la Casa de la Cultura, pero han perdido ingenio y frescura. Es habitual que se ‘ceben’ con el alcalde, pero a José Ramón Martínez se le ve que tiene ganas de hacer cosas. “Está claro que no quieren que Gibert excave. Pero no entiendo porqué no permiten trabajar en Venta Micena”. Y añade: “¡También prometieron 1.500 millones de pesetas para el Centro Museístico!”.


Procesión de San Antón, en Orce. Desconozco el autor
Dicen que en el palacio de los Segura celebraban aquelarres en el siglo XVII. Pero mis problemas empiezan cuando decido borrar lo escrito y no hacer ninguna mención al palacio, donde voy a pasar la noche. Al poco, inexplicablemente, se me cae la goma al suelo..., y durante la noche estuve oyendo extraños ruidos. El colmo fue cuando, a la tarde siguiente, estoy recogiendo mis cosas para irme. Oí un portazo tremendo en el piso de abajo y, cuando bajé, ninguna llave entraba en la cerradura: me había quedado completamente encerrado. No sé cómo abrí la puerta de enfrente, luego levanté el pestillo del portón de la entrada principal y fui arrastrando poco a poco una hoja. El antiguo gobernador, don Andrés Segura, debe ser un fantasma vividor y vanidoso que ha intentado impresionarme... Pues, no en vano, el palacio es conocido también como ‘Casa de los Duendes’.

Amador Cañabate dirige la revista ‘Alcazaba’ y promueve los vítores: “¡Vítor, vítor, vítor! Los zagales de primero de ESO, / tantos móviles que compran / que no sirven ‘pa’ ‘ná’. / Pues tienen a las novias ‘abandonás’”. Amador, además, es un poco el ‘guardián’ de la tradición. Hace dos años corregía un desaguisado, poniendo las cosas en su sitio: “Y a propósito de danzantes y tradiciones, a San Antón, cuando acaba su baile, se le dice ‘viva San Antonio Abad’, y no, ‘viva San Antón bendito’”. Sin embargo, antaño existía una costumbre que, en parte, se ha ido perdiendo. Finalizadas las fiestas, tiene lugar lo que aquí llaman el santo ‘parriba’ y santo ‘pabajo’. Los devotos le hacen promesas al santo de los animales, de manera que lo están subiendo y bajando de la ermita hasta cerca de la Semana Santa. Y cuando está nevando –recuerdan los más ancianos–, a San Antón se le ve orgulloso, con su cresta de nieve en la cabeza. Pero hoy los tiempos son otros y, además, el patrón ya no está para muchos trajines... Es como me confesaba aquella buena mujer: “¡Cucha que te diga: hoy a San Antón sólo lo sacamos para las cosas precisas!”.

Publicado en Ideal, el 21 de enero de 2003 y en la revista Alcazaba, de Orce, en noviembre de 2014. En Ideal salió con la  foto de varios danzantes, entre ellos Juan Antonio Casanova y Antonio Sanchéz. Este artículo viene incluido en mi libro, Artículos del Altiplano y de Granada

Posdata: el alcalde de Orce, José Ramón Martínez, me invitó a las fiestas de San Antón Orce y le escribí este artículo. Pasé una noche toledana en el Palacio de los Segura, pero por la mañana me emocioné cuando sacaron a San Antón de la ermita: era la misma escena que mi madre, mis tíos y abuelos habían contemplado unas décadas atrás.
Le prometí a Juan Antonio Casanova que me pasaría por Orce y escribiría un artículo sobre él, pero lo cierto es que no me pasé. Hace unos días me enteré por la revista ‘Alcazaba’ de su muerte en abril del pasado año y quiero al menos recordarlo con este antiguo artículo. Congenié pronto con Juan Antonio –primo segundo de mi madre–, por su sencillez y campechanía, lo mismo que con Antonio Sánchez que me regaló una foto de mi madre cuando era joven y vivía en Orce. Recuerdo que hace varios años, en el entierro de mi tío Jesús Casanova, en Granada, Juan Antonio me dijo: “Mi mujer y yo hemos procurado que la muerte de nuestro hijo no nos afectara tanto, como a Jesús y Amparo con la muerte de su hijo en un accidente de circulación. Por eso procuramos salir y no encerrarnos”. Creo que con Juan Antonio Casanova se pierde un poco de la historia de Orce, él y su hermano Anacleto fabricaron aquel autocar al que llamaron ‘la Guapa’ y que llevaba pasajeros a Huéscar, Galera y Castril. Luego montó la empresa de autocares ‘Casanova’, que a veces yo veía por las avenidas de Granada, hasta que la inesperada muerte de su hijo, a causa de un infarto, hizo que vendiera la empresa. Me contaron esta anécdota y así la expongo: cuando Juan Antonio fue alcalde de Orce, un día cogió la escopeta y se lió a tiros con una avioneta que pasaba, pensando que era la que disolvía las nubes para que no lloviera sobre la zona. Esto salió en la prensa y la avioneta es una leyenda del Altiplano, aunque la explicación es más simple: por allí no llueve porque Sierra Nevada hace de barrera, no dejando pasar las nubes por lo que las comarcas de Guadix, Baza y Huéscar son semidesérticas. 
 ¡Hasta siempre, Juan Antonio! 

Abajo he colgado el video de las fiestas de san Antón y san Sebastián, de 1915. ¡Fabuloso, me ha encantado!



sábado, 17 de enero de 2015

OCURRENCIAS DE NAVIDAD II







Manuel, sentado en el bordillo de la peluquería












El 13 de enero me encontré por la calle con el peluquero y me puso al tanto del enfermo: está muy mal, no hace mucho que intentó agredirle y ya le ha cogido miedo. Ahora el enfermo se sienta a la puerta de su peluquería a llorar, pero no toma medicación ni va al médico. El barbero me dio los datos del enfermo y le prometí que, al día siguiente, me pasaría por la peluquería para hablar con él, a ver si consiguiera convencerlo. Acto seguido me puse en contacto con mi amigo, el psiquiatra. Me facilitó algunos teléfonos y me dijo que tenía que llevarlo al Hospital de Salud Mental, que le correspondiera, o a su médico de cabecera. Y que esto era mejor que lo hicieran los familiares o el tutor del enfermo.

Al día siguiente, sobre las 11 de la mañana, el enfermo estaba sentado como de costumbre a la puerta de la barbería. Lo saludé y le dije que yo tenía un familiar que había estado como él, tirado en la calle, pero lo convencí para que lo atendiera el médico y hoy se encuentra mucho mejor, tomando su medicación y sin tener problemas con la familia ni con nadie. Esta artimaña parece que surtió efecto. ¿Tú no puedes seguir así en la calle, Manuel, sentado a la puerta y llorando todo el día? Ahora estás mucho peor que hace un mes, cuando yo te vi, necesitas que te vea un médico y que te atiendan. “No tengo a nadie, mi madre falleció, mis hermanos no quieren saber nada de mí y mis hijas tampoco. A una le paso uno ayuda de 300 euros al mes, y ya ves. Yo fui jefe administrativo en la empresa…, durante veintitantos años”, me dijo llorando como una magdalena, a la vez que parpadeaba continuamente. Vamos a ver, Manuel, cada día vas a estar peor y necesitas que alguien te ayude. Me confesó que tenía una depresión y, para el 27 de febrero, tenía una cita con el psiquiatra de Salud Mental. ¿Tú quieres que yo te acompañe a tu médico o al psiquiatra? Confía en mí. “Bueno –respondió–, pero ¿cómo vuelvo luego del hospital?”. No te preocupes –lo tranquilicé–, yo te acompañaré también a la vuelta. Bueno, Manuel, tengo que hacer unas cosas y ya vendré a verte.

Poco después, estuve hablando por teléfono con una encargada de Salud Mental y me aconsejó que llamara al 061, o que lo acompañara en autobús al hospital. Regresé a la peluquería y, después de prometerme Manuel que vendría conmigo al psiquiatra de Salud Mental, llamé al 061. Pero aquí me dijeron que solo atendían las emergencias, y no a una persona abandonada en la calle. Para no discutir, decidí coger el autobús. Pero, cuando íbamos montados, el enfermo me preguntó varias veces y mirándome con desconfianza: “Y ¿a qué vamos a Salud Mental?”. Pues, a que te atiendan, porque no te encuentras bien. “Y ¿estará el psiquiatra tal?”. Puede que tenga consulta, le dije para calmar la ansiedad que tenía. Eran preguntas de un niño indefenso y a la vez desconfiado, acostumbrado a que se burlen a diario de él. Manuel tenía la mente completamente bloqueada. Al poco, volvía a la carga de nuevo con la misma pregunta, y no sabía yo lo que pensaría la gente del autobús, viendo la escena.

Mendigo, en una calle de Granada





El aspecto de Manuel era deprimente, el de una persona completamente abandonada y con una desorientación total. En la peluquería le tomaban el pelo a diario. ¿Por qué agrediste al peluquero?, le pregunté a bocajarro. “Porque se burlaba de mí”. Llegamos a Salud Mental y, cuando pregunté, me dijo la empleada: “¿Usted es el que llamó a la encargada… Siéntese, que ahora lo llamamos”. Allí se quedaron mirándome, como si fuera un extraño o quizá como a un alma caritativa, mientras a mí se me saltaban las lágrimas cuando les explicaba la situación: “Yo no soy familiar de Manuel ni nada, lo conozco de haberlo visto tirado en la calle varias veces”. Tan raro debe de ser, en estos tiempos, socorrer a alguien, ayudar al necesitado y ofrecer tu mano a un enfermo desconocido... Poco después nos recibió el psiquiatra del enfermo y le fue haciendo preguntas y repasando su historial. Yo lo puse al tanto de los últimos acontecimientos y le dije que estaba completamente bloqueado, pues preguntaba mecánicamente: “¿A qué he venido aquí?”. “Usted tiene aquí una denuncia por…”, le espetó el facultativo. “Sí, pero es una denuncia falsa”. Bueno, eso yo no lo sé. Yo solo le digo lo que pone aquí. Yo me quedé sorprendido. Quizá el psiquiatra quiso hacerme ver que no todo estaba limpio en el expediente del enfermo.

Poco después le atendió la asistenta social y, de nuevo, le fue haciendo las preguntas de rigor. Quedamos que, al día siguiente, la asistenta social lo recogería a la puerta de la barbería y lo llevaría a los Servicios Sociales del barrio del enfermo, para que lo atendieran y ver lo que se podía hacer. Le di las gracias al psiquiatra y a la asistenta y, seguidamente, nos fuimos andando hasta la parada del autobús y cada cual pagó de nuevo su viaje, porque Manuel decía que no tenía suelto. Lo dejé cerca de su vivienda y me despedí de él. Manuel estaba más tranquilo y yo, aunque algo harto de la situación comprometida, también me quedé tranquilo pues había intentado sacar a un ser humano de la situación inhumana y degradante de estar sentado durante el día en un peldaño y llorando, mientras se mofaban de él. 

Dos días después, lo vi de nuevo sentado a la puerta de la barbería. Lo saludé y se levantó dándome la mano. ¿Cómo estás, Manuel? Veo que hoy te ha afeitado la asistenta y estás mucho mejor. “Estoy casi igual”, me dijo poniéndome la mano encima del hombro. Tenía mucho mejor aspecto y los mocos ya no le colgaban de la nariz. “Te llamé por teléfono, pero lo tienes apagado”. Yo creo que te lo di equivocado, le respondí. Un vecino me previno que no se lo diera, “pues, va a estar llamándote todo el día”. Y no me habló bien de Manuel, “está solo y las hijas no quieren saber nada de él, porque se lo merece”. Llevaba prisa y le dije a Manuel que otro día vendría a verlo y le daría mi teléfono.


La conclusión de todo esto es que podemos ayudar al prójimo –a nuestro próximo, de ahí tiene su origen la palabra–, aún sin conocerlo y aunque no haga méritos para ello. Una persona que está hundida, deprimida, desorientada y llorando en la calle no se le debe dejar abandonada y, menos aún, hacerle bromas y mofarse de su situación. Eso es, sencillamente, ser cruel con quien está indefenso y sufriendo, hasta que un día cometa una fechoría con quienes se burlan de su estado o termine suicidándose. Haz el bien y no mires a quien.


Posdata: Se me pasó decir que Manuel había quedado con la asistenta para el día siguiente, supongo que intentarán sacarlo de la calle. Conozco el caso de dos hermanos y los Servicios Sociales también: el tutor se gasta el dinero en las máquinas y le regatea la comida al deficiente mental, pero nadie hace nada. La foto del mendigo no se corresponde con Manuel, pero nada de extraño tiene que, en poco tiempo, esté durmiendo en la calle.



miércoles, 14 de enero de 2015

EL AVE MARÍA EN EL RECUERDO







Ángeles Valera





De rondón me colé en la sacristía, detrás del cura que acababa de oficiar su misa de las siete de la tarde. Me miró y me dijo: “¡A ver si me acuerdo de ti!”. Fue entonces cuando creí ver en su cara risueña toda la humanidad del mundo. Don Emilio Borrego parece que tiene siempre la sonrisa en la boca y el cigarro en la mano. Es como un libro abierto –“a lo mejor hablo demasiado”–, y los recuerdos de aquella época se le agolpan en la mente, le vienen sin querer. Yo sólo soy una excusa para sus monólogos: “Don Jorge Guillén era el ‘alma’ del Ave María y él siempre dejaba abierta la puerta de su despacho. Cuando se marchó al Brasil, yo seguí haciendo lo mismo. ¡Pero yo era un desastre, no servía como rector! Por eso pedí venirme a una parroquia. La policía entonces nos tenía intervenidos los teléfonos, pero yo siempre, con todos los respetos, decía, ‘un saludo para quien esté al aparato’”. Sin embargo, pasó malos momentos: “Hoy no permitiría que la policía se llevara a aquel alumno que estaba en Comisiones Obreras...”. Otras veces la memoria parece traicionarle: “Tengo una deuda pendiente con don Cristóbal... Era un buen hombre, pero yo entonces no supe verlo. A don Ricardo Villa-Real teníamos que haberle hecho un homenaje, pero no se lo hicimos...”.
Allí dejé al cura en la sacristía, con sus recuerdos y con la palabra en la boca: “¡Espera y no te vayas!”, me dijo. Pero yo tenía que salir pitando a recoger el coche: “Ya lo llamaré”, le dije. Ideal, 13 de diciembre de 2002.


Del libro 'Artículos del Altiplano y de Granada'




jueves, 8 de enero de 2015

EL PAISAJE DEL ALMA, DE LEANDRO










Quisiera hacer referencia, en primer lugar, a las que, a mi juicio, son las raíces literarias de Leandro García Casanova; pues desde luego nada en el arte o la literatura carece de ellas. En su caso, Leandro está profundamente influido por una de las etapas más PROFUNDAS de nuestra historia intelectual, me refiero a la ILE y la Gen del 98. La Institución Libre de Enseñanza fue fundada en 1876 por un grupo de catedráticos (entre los que DESTACABA el malagueño de Ronda Francisco Giner de los Ríos), separados de la Universidad por defender la libertad de cátedra y negarse a ajustar sus enseñanzas a los dogmas oficiales en materia religiosa, política o moral.  Las reformas científicas y educativas que llevaron a cabo dieron lugar a iniciativas pioneras: El Instituto Escuela, las pensiones para ampliar estudios en el extranjero, las colonias escolares de vacaciones, la Universidad Internacional de verano o las misiones pedagógicas, actuantes durante la Segunda República.
  
La ILE propugnó la convivencia entre lo tradicional (antiguo) y el progreso (moderno), de ahí que conocer el paisaje era conocer la historia. J. M. Ruiz: "...De Giner hemos aprendido a no desdeñarnos de viajar modestamente y a no sentir humillación por ello. Giner ha comenzado a suscitar el gusto por las viejas ciudades españolas, por la vida de los labriegos, por las cosas humildes y cotidianas que antes pasaban inadvertidas..." "...El espíritu de la Institución Libre -es decir, el espíritu de Giner- ha determinado al grupo de escritores de 1898; ese espíritu ha suscitado el amor a la Naturaleza y, consecuentemente, al paisaje y a las cosas españolas, castellanas..." Para Leandro García Casanova como para Azorín el paisaje (y sus habitantes) es el protagonista, es el conductor hacia la búsqueda de la PROPIA identidad quizá perdida en el ajetreo de su vida; esto está en total conexión con el concepto paisajista de Giner y el institucionismo.

Si algún componente del 98 conectó profundamente con Giner, este fue Antonio Machado (Sevilla 1875-Colliure 1939), que junto a su hermano Manuel, recibieron las enseñanzas como alumnos de Giner y otros maestros de la ILE. De su etapa en Soria, y con el ideario adquirido en la ILE, publica en 1912 "Campos de Castilla” donde  recoge en sus versos cada elemento del paisaje. La voluntad de estos escritores, regeneradores del país, consiste en meditar sobre la realidad española y ofrecer la perspectiva de una España mejor. Por supuesto, lo hacen recalcando el elemento crítico.  Escribe Antonio Machado:

 Castilla miserable, ayer dominadora;
 envuelta en sus harapos, desprecia cuanto ignora.
 El sol va declinando. De la ciudad lejana
 me llega un armonioso tañido de campana
-ya irán a su rosario las enlutadas viejas-
De entre las peñas salen dos lindas comadrejas;
 me miran y se alejan, huyendo, y aparecen
 de nuevo, ¡tan curiosas! ... Los campos se oscurecen.
 Hacia el camino blanco está el mesón abierto
 al campo ensombrecido y al pedregal desierto.




  


El paisaje del alma de García Casanova se fija en las tierras del Altiplano de Granada, reflejo de algo suyo muy íntimo por eso lo recrea (lo crea de nuevo en su escritura) valiéndose del profundo pozo del recuerdo y de las entrañables fotografías viejas de su padre (Leandro García, ese personaje que parece sacado de “Cien años de soledad” y que posiblemente fuera mi tío, de la familia de los Chicos, con tierras en la Balunca) y todos nos podemos ver en estos retratos animados y humanizados porque la contemplación de lo de fuera es también autocontemplación. Esta dimensión profunda, íntima, no borra  el compromiso social del autor, al contrario, lo enriquece, porque su ética no le permite cerrar los ojos a la dejadez con que históricamente ha sido tratada  nuestra tierra.
Bajo la prosa sencilla de Leandro, hay un rico venero de cultura literaria y de lecturas asimiladas con una inteligencia sensible.


Comentario: 
Muchas gracias, Ángeles García-Fresneda Martínez, por la crítica literaria que haces de mi libro 'Artículos del Altiplano y de Granada'. Breve pero intensa. Me gusta leer a Baroja, Azorín, Galdós y a los abuelos de la Generación del 98. Te agradezco el recuerdo que tienes para mi padre, sus fotos antiguas de Castilléjar me animaron a escribir mi primer libro. Y tú has salido muy bien, con el paisaje de la Alhambra al fondo. Y muchas gracias, Antonio Arenas, por tu amistad y tu ayuda en la difusión del libro a través de Ideal escrito e Ideal En Clase. Deciros que me he quedado sin libros -a quienes me lo han pedido los atenderé- y veré si hago otra edición. Gracias a quienes lo habéis comprado y leído, y os pido disculpas por los fallos









lunes, 5 de enero de 2015

LA PORTADA DEL LIBRO








Cuando abro el libro y leo,  “Dedicado a la generación de mis padres” y veo algunas fotos familiares y de seres queridos, que ya no están desde hace muchos años, se me saltan las lágrimas. En la foto de la portada se ve el ‘Ysocarro’ de Demetrio, ‘el Capagatos’, que acaba de llegar a las ‘Casas Baratas’. Va con su gorra de visera y su traje nuevo con corbata, a su lado está su madre, sentada en el asiento delantero, con ese peinado rizado que llevaban las mujeres de entonces y que se remonta a los tiempos de la República y a la posguerra. En el remolque aparecen sentadas, en sillas de anea, doña Natalia (a la derecha), aquella maestra entrañable de Los Carriones, y dos vecinas del anejo, con sus pañuelos en la cabeza. Al remolque se han subido dos chiquillos, de 5 o 6 años, yo he salido con los ojos achinados. En la foto también están mi madre Adoración y mi hermana. Para estos pequeños acontecimientos, mi padre no desaprovechaba la ocasión, pues doña Natalia solía pasarse por la casa de mis padres. Os podéis imaginar la velocidad  del motocarro por aquella carretera de tierra y piedras para que no se volcaran las sillas de anea, a unos 10 km por hora.


Una vez que venía a Castilléjar por Barrio Nuevo, el motocarro de Demetrio se salió en la curva –antes del puente–, donde hay un cortijo, y fue a parar a un bancal recién regado. Yo recuerdo de verlo allí volcado en el bancal y los esfuerzos que tuvieron que hacer entre varios vecinos para sacar la  moto y el carro. 

Posdata: este comentario no viene en el libro, pero es que la foto en blanco y negro se sale del motocarro. Mi padre los sacó así de espontáneos.