miércoles, 2 de marzo de 2016

¿TENGO CARTA?



Los antiguos carteros



Dedicado a los carteros de España, que están sufriendo despidos






Quien no ha vivido en un pueblo, no puede saber el significado de esta frase tan simple. Con qué ansias le preguntaban al cartero, a cualquier hora del día, aunque estuviera comiendo en la mesa: “¡Rafael, que me han dicho que tengo carta…!”. La carta, más o menos, decía así: “Querida madre: Al recibo de la presente, espero que usted se encuentre bien. Por aquí nosotros andamos bien, a Dios gracias… ‘El Pesca’ se pasó el otro día con un paquete de chorizos, no tenía usted que haberse molestado… Y sin nada más que decirle, se despide su hijo que la quiere…”. Quizá todo empezó en 1835, cuando Samuel Morse cambió la historia de las comunicaciones con aquel cacharro del telégrafo, aunque fue nueve años más tarde cuando envió el primer telegrama desde Washington a Baltimore, ciudades que distan entre sí unos sesenta kilómetros: “¡Qué cosas tan grandes hace Dios!”, escribió Morse en el telegrama mientras el mundo se quedó asombrado con el invento.

“Pero, ¿cómo pueden viajar esas tiras de papel por los hilos?”, se preguntaban unos y otros. Y eso que Marconi estaba aún por llegar, con las imágenes debajo de su chistera. El caso es que los mensajes viajaban, como por encanto, a través de los postes de madera y los cables del telégrafo, de manera que la ‘Western Union’ tardó  poco en enviar al paro a los incansables mensajeros del ‘Pony Express’, que recorrían los Estados Unidos de costa a costa a base de relevos de caballos. Con el caballo de hierro y los postes de telégrafos, el paisaje cambió radicalmente en los Estados Unidos, al mismo tiempo que, desde los trenes en marcha, los aventureros disparaban a capricho contra los bisontes y casi exterminan a los indios, confinándolos en reservas.

En España, a principios del siglo XX, los escritores ya se quejaban de que los hilos del telégrafo afeaban el paisaje de los campos y ciudades, mientras que las diligencias y los servicios de postas se abrían paso por aquellos tortuosos caminos carreteros. El primer telegrama se envió desde Guadalajara a Madrid en 1854 y, al día siguiente, la noticia apareció en la ‘Gaceta de Madrid’, el actual ‘Boletín Oficial del Estado’ que ya no se imprime en papel para ahorrar costes. Los artículos se omitían en los telegramas y, en vez de los signos de puntuación, se ponía ‘stop’, porque esta palabra salía gratis. De manera que han deformado el lenguaje, como los SMS de ahora: “Viaje bien stop Saludos stop”. Aquellas románticas tiras de papel blanco, pegadas sobre una octavilla azul, llevaban casi siempre una mala noticia: muerte o enfermedad grave de un familiar, y de ello nos han quedado abundantes testimonios en el mundo del celuloide. En cambio las buenas noticias escaseaban, de manera que recibir un telegrama en los años sesenta era como para echarse a temblar.

Sin embargo, los tiempos cambian que es una barbaridad y, el dos de febrero de 2006, la poderosa ‘Western Union’ dejó de prestar el servicio de telegramas. Aquí, en España, en el 2005, se enviaron solamente 51.766 telegramas, es decir, un 140% menos que el año anterior. Pero es que un telegrama costaba entonces como mínimo 7,28 euros, aunque daba derecho a escribir hasta 50 palabras. Demasiado caro. La red de telégrafos decayó mucho en 1980, pues los robos de los hilos telegráficos de cobre eran frecuentes por lo que fueron sustituidos por los radioenlaces. En los noventa llegaron las comunicaciones por satélite de manera que agilizaron mucho la transmisión de datos. Al comienzo del siglo XXI la red de postes e hilos había desaparecido por completo.

Calle del Rosario, Castilléjar




La culpa de todo este desastre también hay que achacársela al correo electrónico –que todavía es gratuito– y sobre todo a los mensajes de wassap por el teléfono móvil. Éstos son los avispados nietos del telégrafo y, por tanto, tataranietos de la carta. Y como es natural, las cartas también han acusado el casi monopolio de los mensajes por los móviles. En el 2004, según el Servicio de Correos, los granadinos enviamos cuarenta millones de cartas y, a cambio, recibimos algo más de cien millones. Casi nueve millones más que el año anterior. Esto supone que, en los buzones granadinos, se repartieron 409.000 cartas diarias quitando los días festivos y feriados, como se decía antiguamente. Correos se privatizó, creo que en 2003, porque no era rentable aunque aseguraba que una carta tardaba un día en llegar a la misma localidad, dos días si iba dirigida a un pueblo de la misma provincia, y tres días a cualquier lugar de España. Y sin embargo, el cartero de mi barrio en el pueblo solía repartir la correspondencia dos o tres veces al mes.


“¿Para qué vamos a esperar varios días en recibir una carta, si el correo electrónico y el wassap son casi instantáneos?”, es la pregunta que nos hacemos todos. Pero la ilusión que nos hace abrir una carta de un amigo o de un familiar, con su sello matado, no nos lo da el impersonal y frío correo electrónico del ordenador. Ya nos lo advertía Pío Baroja, cuando al comienzo del siglo pasado los vehículos iban sustituyendo a las viejas caballerías: “Lo que el progreso te da con una mano, te lo quita con la otra”. Siempre recordaré a aquella mujer, con su chal y toda vestida de luto, a quien Rafael el cartero le había entregado una carta. La pobre no sabía hacer una ‘o’ con un canuto, pero se acercó a la cueva de su vecina y le dijo: “¡Hazme el favor, ‘mujé’, que he tenido carta de mi Quico!”. Nos queda el pequeño consuelo de que, todos los años, la Biblioteca de Cúllar celebra el ‘Certamen Literario de Cartas de Amor y Desamor’.

Publicado en WADI-AS, Actualidad y Cultura, en marzo de 2016

1 comentario:

  1. Comentarios:
    Antonio Martínez Lorente. Bonita historia que se esta viendo afectada por la tecnología y puestos fuera, eso a los empresarios los pone de contentos que no veas, y lo paga siempre , nosotros claro, me a gustado y disgustado al mismo tiempo. buenos dias Leandro Garcia Casanova .
    Me gusta • Responder • 2 de marzo a las 9:00
    Antonio Medina Guevara Muy interesante...
    Leandro Garcia Casanova Las cartas se van a convertir en una pieza de museo
    Leandro Garcia Casanova Gracias, Antonio Martinez Lorente. La tecnología destruye puestos de trabajo, lo mismo que el maquinismo en el siglo XIX
    Carmen Martinez Lorente Cuantos recuerdos encierra ese artículo. Me ha gustado
    Leandro Garcia Casanova La mujer de la foto de la calle del Rosario siempre la asocié a que venía de recoger una carta, de cuando mi padre era el cartero. De ahí viene el artículo. Es un recuerdo a esa época
    Carmen Martinez Lorente Seguramente. No recordaba que ese era el nombre de la calle pero si el lugar. La señora ha dejado tu casa y se encuentra a la altura de la de Nati
    Leandro Garcia Casanova La foto me trae muchos recuerdos y así vestían las mujeres entonces
    Me imagino a mi padre echando la foto por la espalda, a la mujer vestida de negro. La calle aparece con el barro de la lluvia de aquel invierno de los setenta.

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