sábado, 5 de noviembre de 2016

"CUEVAS", DE GIANNA BONACINI










Por el olivar venían, bronce y sueño, los gitanos. Romance de la luna, luna. F. García Lorca



La fotógrafa italiana, Gianna Bonacini, publicó el libro Cuevas. Hombres, campos, ciudades, en el año 2002, que fue editado por el entonces Centro de Investigaciones Etnológicas ‘Ángel Ganivet’, de la Diputación de Granada. El libro lo compré en 2010, en una librería de viejo de Granada, por seis euros. Gianna lo cuenta así: Descubrí el mundo de las cuevas de Guadix como una turista cualquiera. Según la guía turística que estaba leyendo, en Guadix había un asentamiento de cuevas: ‘Éstas conservan todavía los trazados y la función original de vivienda. En la actualidad habitan unas dos mil personas, en su mayoría gitanos, integrados en el resto de la población andaluza’. Llevada de la curiosidad, la italiana se introduce en el Barrio de las Cuevas y entonces se ofrece a sus ojos un espectáculo extraño e insólito: casas hundidas y encastradas en la roca de arcilla de un paisaje seco. Extrañas, pequeñas torres blancas, son las chimeneas de las casas.

Sigue diciendo: Me presento, explico mi curiosidad… Su primera reacción es de estupor, casi divertido. ¿Por qué esta curiosidad por parte de una extranjera? ¿Qué hay de extraño en vivir aquí? En aquellas gentes sencillas y humildes, con el rostro cuarteado por el sol, Gianna encuentra hospitalidad y le enseñan las cuevas, mientras que ella teme violar la intimidad, ese espacio tan íntimo y personal. Una cuevera le explica que, cuando nace un niño, se construye una nueva habitación excavando más en el interior de la tierra. Tony, otra accitana, le dice que, viviendo en las cuevas, nunca ha tenido la necesidad de tener una puerta, la vida en las cuevas se desarrolla en gran parte en el exterior o en la cocina y las habitaciones sólo sirven para dormir. Los motivos religiosos destacan sobre cualquier otro y los más vistosos son los altares: grandes, llenos de velas y flores. Algunos de ellos se ceden de casa en casa, cuenta Tony. Es una antigua tradición y es como una relación fraternal que une a las familias.










A Gianna Bonacini le sorprende que muchos vecinos se dejaran fotografiar con júbilo, con una alegría interior contagiosa: mientras se entregaban al objetivo, manifestaban su felicidad, recuerda. También le llamó la atención los grandes retratos que cuelgan de las paredes, generalmente son de los difuntos de la familia, o de miembros actuales, pero cuando eran jóvenes. Sin embargo, lo típico de las cuevas son esas fotos antiguas, con el gorro de legionario, de cuando los abuelos estaban haciendo el servicio militar. En la época de nuestros padres, a los ancianos se les tenía más consideración y de ahí los retratos grandes, aunque esta tradición todavía se conserva en muchas cuevas. El mejor sitio en la mesa, en la chimenea y en el recuerdo era para los ancianos, lo propio de la familia patriarcal, y entre los gitanos destaca la figura del patriarca. Sin embargo, hoy el clan familiar ha ido perdiendo importancia y, en los pisos normalmente viven los padres y los hijos, de manera que los cuadros con fotos familiares son más pequeños mientras que en las paredes se suelen colgar pinturas.









Gianna Bonacini hizo fotos de una familia comiendo, de pie y alrededor de la mesa; de una novia sonriendo, entre las cortinas de encaje, a la entrada del dormitorio iluminado, por lo que da la impresión de que la novia sale de la oscuridad; fotos de algunas tumbas de la familia, excavadas en la cueva. Aquí se produce una identidad entre la cueva y la tumba, como hace dos mil años solían hacer los iberos, que enterraban a los familiares en un agujero hecho dentro de la choza. Esa abuela gitana que mira de frente a la cámara, mientras su imagen se refleja en el espejo de la cómoda del dormitorio, que se encuentra repleta de retratos de familia, lo mismo que la paredes, donde cuelgan también los utensilios de bronce. Fotografías de niñas, vestidas de primera comunión; de una novia bajando de la cueva, que viene acompañada de la familia y va camino de la iglesia. Nadie mejor que esta fotógrafa italiana ha retratado la intimidad de estas familias gitanas, en la cocina y en el dormitorio de la cueva; los niños jugando a la pelota o al corro de la patata, en la placeta; el cuevero encalando la fachada; el viejo sentado a la puerta de la cueva, en la silla de anea; la abuela con el nieto en brazos; paisajes de las cuevas de Guadix…

Se produce un cara a cara, una charla entre las familias de cueveros y Gianna: ella transmite confianza y los vecinos se muestran tal y como son en su hábitat. El resultado es la naturalidad con la que salen retratados. La fotógrafa italiana percibe el contraste entre las antiguas costumbres y lo moderno: al lado de las blancas chimeneas morunas sobresalen las antenas de televisión, o que algunas cuevas disponen ya de baños y cocinas con azulejos. Tony asegura que una vez la gente vivía en las cuevas por necesidad. Hoy es cada vez más una elección. El sentido de vivir aquí no es el de privarse de ciertas cosas, sino el de tener algo más, algo que en un piso de ciudad no tendrías jamás. La reclusión de ti misma, la tranquilidad.









Este magnífico libro de fotografías, en blanco y negro, apenas es conocido en Guadix, yo tuve ocasión de enseñarlo a varios vecinos de Los Baños de Graena y dos mujeres se vieron por primera vez en las fotos donde ellas salían, con motivo de una boda. ¡Guadix, cuántas veces olvidado por la Administración, a la vez que sus gentes olvidan las obras buenas que se editan sobre esta tierra dura y reseca, sobre este semidesierto que dan lugar las cumbres de Sierra Nevada, pues no dejan pasar las nubes para que descarguen la tan ansiada lluvia. En los agradecimientos, Gianna Bonacini menciona a Torcuato Hernández Pérez y a su esposa María…, y a todos los amigos que he encontrado durante mi maravilloso ‘viaje’. Gracias a Torcuato pudo entrar en las cuevas, mientras que él regresó a lugares que no visitaba desde mucho tiempo atrás y se reencontró con personas, familiares y amigos. La italiana visitó las cuevas en tres ocasiones y así describe aquellos momentos: Cada vez que me iba, Torcuato y su esposa lloraban. Cada vez que regresaba, me abrazaban como a una hija.

La mayoría de las fotografías fueron hechas en Guadix, y las restantes en Benalúa, Belerda, Paulenca, Purullena y los Baños de Graena, entre 1995 y 1998. Guadix tiene una deuda pendiente con Gianna Bonacini y no sería mala idea que el Ayuntamiento, o alguna entidad privada, montara una exposición con fotos del libro, invitando a la autora italiana. Para ella sería un reconocimiento a su excelente labor y, para los accitanos y vecinos de la comarca, un descubrimiento y un  motivo de orgullo pues retratan a las personas en el interior de las cuevas, en los años noventa, con las clásicas fotos de la mili o de los nietos, con esos tipos con gorra y esas ancianas, de los que muchos ya fallecieron. Si tus fotos no son lo suficientemente buenas es porque no te has acercado lo suficiente, aconsejaba el fotógrafo húngaro Robert Capa. De Gianna Bonacini se puede decir que, no sólo entró e iluminó las cuevas con su cámara, sino que retrató el alma de los gitanos y vecinos de la comarca de Guadix. 






Respuesta a Antonio Martínez Lorente:
Vaya mérito el de esta fotógrafa italiana y el poco reconocimiento 

1 comentario: